El Demonio Electrónico

El Demonio Electrónico

Álvaro Pérez Alarcón

1: El hombrecillo.
2: Dwain.
3: Causa Justificada.
4: Hank Hank.
5: El botecillo.
6: Sobreexposición fotográfica.
7: El enfermero inconsciente.
8: Aaron Peck.
9: Larry.
~Inacabado~

Demonio (Inform.) — s.m. (gr. Δαίμων (Daimon))

Tipo especial de proceso informático que se ejecuta en segundo plano.

Daimon (Mit.) — s.m. (gr. Δαίμων)

En la mitología griega, seres sobrenaturales entre los mortales y los dioses, de naturaleza buena y benevolente. Divinidades inferiores o fantasmas de héroes.

1 – El hombrecillo

- ¿Puedes explicármelo, detalladamente?
- Es… es como un tic. Sí, un tic, es exactamente eso. Pero en vez de guiñar el ojo, sacudir la mano, o gritar gilipolleces, aparece un bicho. Bueno, no es un bicho. Es como una especie de hombrecillo blanco. Un enano. Un enano con una máscara blanca y siniestra, de ojos negros, como huecos, y dientes negros, con una sonrisa ancha, a lo largo y a lo alto. Aparece enfrente de mi, con un golpe de orquesta. Pero los instrumentos no son los típicos de una orquesta: violines, pianos… no, son otras cosas. Ruidos extraños. Es como sinestesia, como si oyese la imagen que aparece… Es siniestro. Pero aparece durante apenas unos segundos y se va, como un sobresalto. Casi ni me da tiempo a verlo.

- ¿Pero tu crees que-
- Sí, sí, sí, sé que eso no es real. Sé que es algo de mi cabeza, que algo va mal aquí arriba. Por eso estoy aquí. Si creyese en los fantasmas no vendría al loquero: iría a un médium, un santero, al cura-párroco, o a alguna cosa de estas… – en este momento, se para, dándose cuenta de no ha sido todo lo políticamente correcta que pudo haber sido – eh… perdón por lo de loquero.
- No te preocupes, yo mismo me llamo así a mi mismo a veces. En todo caso, sería yo el que tendría que pedir perdón. ¿O crees que estás loca?

La pregunta cayó como un desafío para Lisa. Como siempre hacemos las personas, para ganar tiempo de pensar, su primera reacción fue soltar una “m”, sonora y larga. Su cuerpo está visiblemente derrotado por la pregunta, la cual, a pesar de ser sencilla, la supera, haciendo que sus extremidades se relajen, dejándose caer, mientras su cabeza pierde su vista en alguna parte donde nadie la está mirando. Cuando cree tener una respuesta, la dice:
- Bueno, loca… loca… no creo que esté loca. Quiero decir, que lo que me pasa no es normal, en mi cabeza hay algo que no va bien, pero aunque me falte un tornillo, no… bueno, me estoy contradiciendo. Quiero decir que, eh… que veo y oigo estas cosas, claro, pero es como decía antes, es un tic … – Lisa se empieza a ver algo nerviosa, y sigue explicando con su mano derecha, agarrando parte de su frente, deshaciendo temporalmente su flequillo, mientras gesticula con la izquierda – Una persona que tiene un tic no es una inválida del mismo modo que yo no estoy loca… simplemente tengo un problema, que… que espero se pueda solucionar… y…
- Ya, ya – la interrumpió el loquero -, no te agobies. No tienes por qué sentirte incómoda con lo que te pregunto. Yo ya sé si estás loca o no. Sólo me interesa saber qué crees tu…
- Ya, para ver qué me parecía a mi…
- Eso es. Es importante en estas cosas lo que uno piense de sí mismo. No para estar más o menos loco, si no para entender mejor por qué.
- Y, ¿Qué? ¿Qué opina usted? ¿Estoy loca o no?
- Lo de estar “loco” o no es para que las pescaderas se lo cuenten a las verduleras. Tienes un problema, que pinta más o menos serio. Eso es lo que ocurre. Vamos a averiguar qué es, por qué ocurre, y sobre todo cómo arreglarlo. ¿Lo ves mejor desde esta perspectiva?
- C-Creo que sí.
- Bueno, pues respira, cálmate… – Lisa hace lo propio: coge aire sobreactuadamente, acompañando el movimiento de su pecho con el de sus manos, mientras cierra los ojos. Cuando ya hinchó los pulmones, suelta el aire lentamente, de una forma similar – Bien. Empecemos por lo importante: ¿Quién es el hombrecillo blanco? ¿Qué aspecto tiene, aparte de lo que me dijiste?
- No lo sé, es… es un hombrecillo blanco, como una especie de muñeco, y… – Los ojos de Lisa se abren de golpe, mientras su cabeza da una pequeña sacudida.
- Lo he notado… acabas de verlo, ¿verdad?
- Sí. Es como un niño flaco, pintado de blanco.
El loquero toma notas. Bueno, debería darse por hecho que todos los loqueros toman notas.
- Un muñeco… un hombrecillo, un enano… ¿como un niño? ¿Tiene aspecto de bebé?
- No, es como un niño de unos siete años. Blanco como la leche. Si lleva ropa es exactamente tan blanca como él, pero no se distingue nada aparte del blanco.
- ¿Lo reconoces de algo?
- No.
- Y, cuando lo viste ahora, ¿dónde estaba?
Lisa pone las palmas de sus manos rectas, y las sitúa paralelas entre sí, perpendiculares a la mesa, entre ella y su médico, por encima de la mesa, delimitando un volumen de aire.
- Aquí.
- ¿Justo ahí?
- Sentado en la mesa.
- ¿Cada cuánto lo sueles ver?
- En una hora puede aparecer tres o cuatro veces. A veces menos, a veces más…
- ¿Y el momento en que aparece está relacionado con algo…? ¿Momentos en los que estás muy nerviosa, muy estresada, triste, o algo?
- Mmmm… no. No sé, simplemente aparece sin venir a cuento.
- ¿Cuándo empezó a aparecer?
- Hace dos semanas, más o menos… Mmmm… sí, dos semanas. Aún no había entrado Junio.
- Dos semanas… ¿Te ocurrió algo hace dos semanas?
Lisa mueve la cabeza de un lado a otro. Nada ocurrió hace dos semanas.
- No te ofendas por esto -Avisa el loquero-, ¿Tomas drogas?
- No. Bueno, bebo cuando salgo de fiesta, y me tomo un cigarrillo de cuando en cuando. Pero aparte de eso no tomo drogas.

El loquero abre un cajón de su escritorio y rebusca entre varias cosas que hacen ruido, como el baúl de juguetes de un niño. Saca un frasco pequeño con algunas pastillitas dentro.
- Pues ahora vas a empezar a tomarlas.

2 – Dwain

¿Cuánto llevamos ya? Joder, hace casi ocho horas que salí de casa… entre unas cosas y otras se me va a echar la noche encima… que putas ganas de llegar, y tirarme en el sofá. Estas carreteras son todas iguales, todas van hacia delante. Detesto conducir. Me gusta tener mi coche para andar por el pueblo, ir a recoger a los colegas y presumir de Chevy por muy cutre que sea, pero tirarme a la carretera, en medio del puto desierto, en medio de la puta nada, no es lo mío. Aquí no hay nada, joder, parece que llevo el único coche de este país. Tampoco es que haya mucho adonde voy, pero por lo menos no parezco un gilipollas en medio de la nada. Y con el calor que hace… desde luego llevamos un mes bastante caluroso. El verano va a ser horriblemente jodido.

Joder, qué ganas de llegar. Dejarlo todo hecho y echarme a dormir.

Ay…

Esto es aburrido…

De repente se escucha un ligero golpe, como dos golpes de bombo, y el Chevrolet se detiene en seco.

- ¡Mierda!

Dwain abre la puerta del coche y sale de él, para dirigirse hacia el cadáver. Es un coyote, que ha quedado bastante desmejorado. Por lo visto, el pobre animal ni siquiera debió reaccionar a la muerte que se le acercaba, ya que el animal no salió disparado, sino que la rueda le pasó por encima, aplastándole el cráneo de una forma muy desagradable. Dwain se excusa a sí mismo declarando que él tampoco lo vio venir, aunque siente lástima por el pobre animal. No es un rudo hombre de carretera acostumbrado al asesinato involuntario del desprevenido, es un simple transeúnte.

- Bueno, chico, has tenido mala suerte. Creo que me voy a ir, antes de que alguien te eche de menos.

Con una mueca de asco, empuja al bicho con el pie para apartarlo de la carretera. Mejor así, porque si alguien atropella a ese cadáver, el resultado podría ser mucho más asqueroso, lo cual parece bastante difícil. Vuelve al coche, se sienta y cierra la puerta.

- ¿Por qué nos hemos parado?

En el asiento de atrás hay tumbada una chica, muy joven, de pelo negro y corto, cara afilada y cuerpo delgado, con un pecho más sugerente que voluminoso, y quizás prometedor, dada su corta edad.

- ¿Ya te has despertado?
- Sí. ¿Por qué te has parado?
- Nada, nada. Me he cargado un coyote. Puedes seguir durmiendo.
- Pobre animal. ¿No te da vergüenza?
- ¡Como si lo hubiese matado por placer! ¡Que no se hubiese metido en medio! Con tanto desierto por todas partes, es culpa suya si se mete por aquí.
- ¡Bah!
- ¡Duérmete!
- Ya me he desvelado. ¿Dónde estamos?
- En la 80.
- ¡Eso me dijiste hace horas!
- Porque es la 80, todo nuestro camino es por la 80, y si quieres irte a alguna parte no tienes más opciones que la 80 y poco más.
- Asco de viaje…
- ¡Pues te aguantas! Tu madre insistió en que me quedara contigo. Yo ya le dije que tenía cosas que hacer esta semana, pero o te venías conmigo o se quedaba sin trabajo.
- ¿Y no podría dejarme a mi sola?
- ¡De ninguna manera!
- ¡Ni que fuera una niña!
- Tal como te vistes, parece difícil de adivinarlo.

Ante tal provocación, la niña no pudo sino contraatacar. Se echó hacia adelante, acercándose al asiento del piloto. Agarrándose a él con la mano izquierda y apoyando los pies en el suelo, acercó su cabeza a la oreja derecha de Dwain, para decirle en una voz susurrante pero no tímida:
- Así que te has fijado, ¿eh? ¿Te pongo cachondo?
Con la mano derecha toca la pierna del conductor, y la va moviendo peligrosamente mientras sigue hablando:
- Estamos en Nevada, Dwain. Aquí puedes hacerme cosas…

Dwain no está para tonterías, y con el dorso de la mano empuja a la chica hacia atrás, de vuelta a su asiento.
- ¡Quita, niña! ¿Qué clase de asqueroso pervertido crees que soy?
- Tú te lo pierdes…

Bueno, ahí tenía razón. La niña era la viva imagen de su madre cuando tenía su edad. El mismo pelo, los mismos ojos, los mismos pechos y las mismas piernas. Las mismas piernas con las que hace años y años Dwain se entretuvo tanto, tras los conciertos, o incluso durante los conciertos, en las fiestas, y en las tardes en otro caso aburridas. Pero su madre, hoy en día, es una mujer seria y cariñosa, no una niñata caprichosa y salida… aunque sí lo era en los viejos tiempos. Pero es que… ¡Dwain podría ser su padre! Realmente, físicamente podría ser su padre. Lo ha comprobado, no lo es. Pero no se trata de eso.

- Mira, Alice, espero que no me des problemas esta semana. Cuando lleguemos, te das un paseo por el pueblo y te dejas follar por todo el que quieras, pero a mi déjame en paz.
- Seguro que te mueres de ganas…
- Cierra el pico.
- Si quieres cualquier cosa, avísame.
- ¡Que te calles! Joder, ¿por qué aceptaría traerte conmigo?
- Porque quieres volver a tirarte a mi madre. ¿Para qué te vas a un pueblucho en medio del desierto toda una semana, de todas formas?
- Ya te lo he explicado: no es asunto tuyo.
- Bah, como quieras. Voy a echarme otra siesta, puedes seguir conduciendo.
- Nunca he dejado de conducir, Alice.

Dwain mira su GPS, que no sabe para qué le hace falta en una carretera como esa. Tras hacer sus cálculos mentales, estima que hasta dentro de casi una hora no llegarán. Está atardeciendo, con lo que el camino se hace más interesante al menos, a pesar de que no ve el sol.

Qué ganas de llegar… y vaya semana que me espera…

3 – Causa justificada

El detective Peck y Truman se acercaron a la puerta negra de la casa que les habían indicado, mientras la policía local esperaba desde fuera aguantando el frio de este inusualmente frío otoño.

Lo que les esperaba al otro lado prometía ser horrible, y ninguno de los dos quería realmente abrir. Tragaron aire y llamaron a la puerta. Peck levantó la voz.

- ¡Policía del condado de Elko! ¡Abra, por favor!

No sabían ni quién vivía en esa casa. Ni siquiera estaban seguros de que allí viviese alguien. No hubo tiempo de comprobarlo.

- ¡Policía del condado de Elko! ¡Abra, señor… o, señora! – repitió.
- Quizá ya es demasiado tarde – dijo Truman -, o quizá no hay nadie.
- Esta es la casa, esta es la dirección de la piedra: 530 Cedar Street. – sentenció su superior.
- ¿Entramos? No tenemos una orden…
- Tenemos una causa justificada.
- ¿La tenemos?
- A mi me es suficiente.
- Bueno, vale. Cúbreme.

Se colocaron guantes de goma. Después, Truman se echó hacia atrás y colocó su hombro para abrir la puerta como un ariete. La puerta no estaba cerrada con llave, toda una cortesía. Los dos entraron, arma en mano, oteando el interior de la casa mientras hacían señas para comunicar a la policía local que entrase. Nada a destacar de la casa, todas las casas de Carlin son muy parecidas. Es más, probablemente todas las casas de América sean muy parecidas, si no iguales. Nadie en el salón, todo recogido. La cocina con su puerta de atrás: despejado. Los baños limpios, si se comparan con los de la posada, aunque tampoco eran una maravilla. Escaleras… en el piso de arriba es donde iban a encontrar lo que fueron a buscar. Ya lo sabían, porque todas las demás veces la víctima estaba en su dormitorio.

Peck hizo una seña para que los locales comprobasen las habitaciones, excepto la del fondo. Esa era la habitación donde habían ocurrido los crímenes. Todos los presentes lo sabían, porque el homicida había dejado una pista muy clara: una gran cara con una sonrisa tremendamente inquietante, pintada con pintura roja sobre la puerta. Esta cara era algo distinta a las demás: la sonrisa era más amplia, casi ocupando los bordes de la cara, además de llorar sangre igual que las últimas caras que se encontraron. Abrieron la puerta con mucho cuidado para comprobar el desastre.

Sobre la cama estaba sentada una chica joven salpicada de sangre, encima de la cama ensangrentada, apoyada en una esquina de la pared, que también estaba completamente manchada. Sonreía, porque alguien le había colocado unos ganchos en los labios que le tiraban de las comisuras mediante una goma elástica que pasaba por detrás de la cabeza. El resto de su cuerpo estaba colocado en una postura más o menos natural, salvo la mano derecha, que estaba caída hacia un lado, con una pistola apoyada en la mano abierta. Lo más macabro fue el disparo. Esta vez el asesino no disparó en la sien, como hizo en los anteriores crímenes…

- Eh, Aaron, mira esto…

Disparó a los ojos.

- Oh, Dios…
- Es horripilante.
- No disparó en la sien, – dijo Peck mientras hacía un gesto de pistola sobre su sien- puso la pistola un poco más hacia adelante – imitó el gesto con su mano -, y… – separó la mano de su cabeza, imitando el retroceso de un arma de fuego que se dispara – le reventó los dos ojos.
- Hoy no voy a ser capaz de dormir. Pobre chica.
- Si… Truman, llama a los locales, que precinten la zona y todo lo demás.
- Voy.

Peck se acercó a la chica para mirarla de cerca, por si había algún otro indicio. Algo le llamó la atención. El torax se desplazaba a un ritmo tímido pero consistente. Peck dio un salto hacia atrás y salió de la habitación corriendo, al pasillo, mientras se agarraba con una mano en el marco de la puerta de la habitación que acababa de abandonar.

- ¡Eh! – gritó a viva voz – ¡La chica respira! ¡Llamad a una ambulancia, YA! ¡Corred, joder!

4 – Hank Hank

- Bueno, esta es la casa. Esta es la dirección: 530 de Cedar Street.
- Comparado con el resto de casas de este pueblucho, tampoco tiene demasiada mala pinta. Claro, que eso no es mucho decir.
- Tranquila, solo estarás aquí una semana. Sobrevivirás.
- Ya, claro.

La casa es el modelo clásico de casa americana, con su ventanal en el salón y sus puertas de madera, una delante y otra detrás. Dos pisos, a pesar de que la casa no es muy grande.

- Venga, coge tus cosas del maletero.

Alice y Dwain salieron del coche y sacaron una maleta cada uno. Además, Dwain sacó una mochila que parecía pesar mucho, y Alice un maletín que tenía un ordenador. Cerraron el maletero y se dirigieron a la puerta principal de la casa, que lucía un elegante color blanco, al igual que los marcos de los ventanales del salón. Dwain recuperó unas llaves que tenía en el bolsillo y abrió la puerta.

El interior de la casa resultaba acogedor. Una entrada pequeña, acorde con lo estrecha que es la casa La cocina a mano derecha, y un salón a mano izquierda, más espaciosos de lo que uno podría esperar, a pesar de no estar vacíos – como esperaba Alice -. El salón tiene dos sofás y un televisor bastante decente, aunque no lujoso. La cocina tiene una mesa suficiente para comer en ella, y todo lo que uno podría esperar en una cocina de un hogar americano. El piso de arriba tenía tres habitaciones. Alice se apresuró a comprobar cual debería ser la suya, abriendo rápidamente las puertas para ver cómo eran por dentro. Las habitaciones no tenían mucho más aparte de lo que hace que una habitación sea una habitación: una cama, un escritorio con una silla, mesilla de noche, lámpara… La habitación del fondo tenía cama de matrimonio, y según pudo comprobar Alice al lanzarse sobre ella, además de grande era cómoda.

- ¡Dwain! ¡Eh, Dwain, me pido la habitación del fondo!
- ¡De eso nada! El adulto soy yo, yo duermo en la cama grande.
- ¡Pero si seguro que no le vas a dar apenas uso! ¿Qué más te da? La habitación que está al lado de las escaleras es espaciosa, te sirve igual.
- Niñata…
- Aunque si quieres dormir en la cama grande conmigo, yo te dejo…
Dwain hizo un gesto de hastío y pasotismo hacia Alice.
- No me toques los cojones, duerme ahí y déjame en paz.

Volvieron a por las maletas, que estaban en el piso de abajo, y las llevaron a sus habitaciones. Al final Dwain siguió el consejo de Alice y se instaló en la habitación de al lado de las escaleras. También es la que está más lejos de la del fondo. Tras deshacer las maletas, Alice bajó para inspeccionar el salón más detenidamente, mientras Dwain veía la tele por cable y se tomaba una cerveza que probablemente llevase días esperando por él en la nevera, como regalo de bienvenida. En una mesilla, fotos, de un tipo con bigote que no había visto en su vida, y algunas fotos de otra gente, probablemente familiares y amigos, algunas con el tipo del bigote. En una de esas fotos, salen él y un chico de veintipocos, con pinta de noventero. Era Dwain, pero con una barba a lo Abraham Lincoln.
- Oye, Dwain, ¿el tipo del bigote es tu amigo, el dueño de la casa?
- Sí, es Hank. Es todo un personaje, os llevaríais muy bien. A él también le encanta la pintura e intentar tirarse con todos los tíos y tías que se encuentra por ahí.
- ¿Eh? ¿Lo dices como si fuese algo malo?
- ¡No, perdona! Digo que tiene una forma de ser parecida a la tuya, sexualmente liberal y todo eso. También le gusta mandarme indirectas indecentes, claro que él las dice de coña.
- ¿Y dónde está Hank ahora?
- Yo que sé. Andará por ahí, viviendo, pintando, follando, o las tres cosas a la vez.
- ¿No tendrá algún cuadro suyo por aquí, no?
- Ni idea. Puede que guarde alguno debajo de la escalera.
- Voy a ver.

Alice salió del salón y descubrió un armario debajo de la escalera. La puerta estaba un poco atascada, así que tiró con fuerza. Algo rompió, y ella se cayó hacia atrás golpeando la cabeza contra un armario ropero que tenía a su espalda.

- ¡Eh, no te cargues la casa!
- ¡Tranquilo, simplemente estaba esto un poco atascado!

Se incorporó y abrió otra vez las puertas del armario, que se habían vuelto a cerrar por el rebote. Dentro había unos cuantos lienzos. Retratos de chicas y chicos atractivos, principalmente. La firma se leía HHank, por lo que supuso que o el nombre completo era Hank Hank, o Hank no era su nombre sino su apellido, y su nombre era Hugo Hank, o algo así. Entre los cuadros, hubo uno que le llamó la atención: una chica joven, de veinti-pocos. Rubia, pero con un lado de la cabeza totalmente rapado. Mirada dulce, labios sin pintar, naturales. Ni siquiera llevaba pendientes. Sin embargo, su peinado tan moderno y artificial, con un par de mechas verdes, contrastaba con la naturalidad de su pose, tímida, amable. Su figura es esbelta, con un pecho no grande, pero precioso. La chica era monísima, y además está buenísima. Alice decidió llevarse ese cuadro a su habitación y colgarlo allí. Anima un poco la triste pared blanca. Al acabar la semana, lo devolvería a su sitio, así que no debería molestarle a nadie.

5 – El botecillo

¡ZWHENEHK!

El hombrecillo blanco de cabeza grande hacía su primera aparición del día. Apenas eran las 10 de la mañana, aunque Lisa, a pesar de no tener que ir a trabajar, llevaba ya un rato despierta. Se levantó de un sobresalto a eso de las ocho. Pensándolo mejor, es posible que esta sea la segunda aparición del hombrecillo.

¿Dónde he dejado las pastillas? … Ah, en el baño de abajo.

Lisa dejaba ahí las pastillas porque el efecto que hacían sobre ella era bastante fuerte, y cuanto menos interesante. La dejaban bastante colocada, mareándola lo suficiente como para no fiarse demasiado. Si se toma las pastillas en el piso de arriba, quizás le cueste bajar sin hacerse daño. Pero hoy, Lisa va a probar algo. No tiene un trabajo al que ir, pero debería pintar algo de cuando en cuando para ver si consigue exponer. El hermano de un tío con el que se enrolló en Elko la semana pasada trabaja en el Art Club, y estaba buscando artistas noveles para una exposición. Tampoco es que lo necesitase, al fin y al cabo si necesitase dinero se buscaría un trabajo de verdad, pero le hace ilusión.

Aún con la ropa de dormir – camiseta, culote y calcetines -, Lisa baja corriendo las escaleras, entra en el baño, abre el botiquín, coge un botecito rojo en un y en un impulso hace el camino inverso. Entra en el estudio, y con entusiasmo y algo de nervios, monta el caballete y deja algunas pinturas a mano. Agarra el botecito, lo destapa, saca una de las pastillas y se la mete en la boca, echando la cabeza hacia atrás. Con la cabeza aún echada hacia atrás, hace una mueca e intenta forzar su garganta a tragar.

¡ZWHENEHK!

Otra vez. Pero del sobresalto, la pastilla consiguió bajar. Nunca le fue fácil ingerir medicamentos. Es como meterse en el cuerpo un trozo de plástico raro o un guijarro redondeado. Tras notar el cuerpo extraño en el esófago, abre la boca y exhala audiblemente. Lentamente echa la cabeza hacia adelante y observa el caballete. Diez minutos. Dentro de diez minutos empezaría a pintar. Mira el lienzo pensativamente, inclinando la cabeza hacia un lado. Quita el lienzo, lo deja en el suelo y aparta el caballete a donde no moleste. Las pinturas las cambia también de sitio, rodeándola en el centro de la habitación, mientras ella se sienta con los pies cruzados, esperando el momento.

Tras un rato, Lisa nota cómo su nariz se empieza a entumecer. Es el primer síntoma: se le adormecen algunos músculos de la cara. Pronto se le empezarán a caer los párpados y su visión se enrarecerá de una forma divertida. O al menos esa es la impresión que le causa. Agarra un pincel manchado de pintura negra mientras suelta una risilla tonta, y lo maltrata contra la paleta, que luego suelta para intentar dirigir el pincel hacia el lienzo.

¡DING, DONG!

No esperaba visita. La situación desconcierta a Lisa, que no sabe si ir o no.

¡DING, DONG!

Mejor ir. Se levanta, torpemente, y sale del estudio hacia las escaleras. Las escaleras, todo un reto. Despacito y buena letra, agarrada al pasamanos con la diestra y apoyada en la pared con la izquierda. Llega a los últimos escalones.

¡DING, DONG!
- ¡Ya voy, ya voooy! – dice entre risillas – Estoy ya aquí.
Abre la puerta. Al otro lado, una chica joven. Monísima. Más que de costumbre.
- Hola. Tienes pintura negra en la punta de la nariz.
Lisa se abalanza sobre sus labios, abrazándola, metiéndola en casa y cerrando la puerta. La chica le corresponde y una de las dos – no se podría decir muy bien cual – tira a la otra sobre el sofá.

- Eh, espera, ¿estás tomando las pastillas esas?
- Si, ¡jijiji!, estoy colocadísima.
- Oye, no sé si será mejor que lo dejemos para más tarde. No sé, no me parece bien, es como si me aprovechase de ti, y…
La chica hace ademán de levantarse, pero Lisa le corta el paso agarrándole la cabeza.
- Si te levantas ahora, te echaré de mi casa y te odiaré para siempre.
- ¡No es tu casa, tonta!
- ¡Pues le preguntamos a Frank qué opina – se ríe -, seguro que me da la razón!
- ¡A Hank!
- ¡Eso, Hank!

Las dos chicas vuelven a besarse y tocarse lujuriosamente, como último preludio, y después Lisa se echa hacia atrás, comenzando algo.

Lisa se despierta, algo mareada, tumbada en el sofá. Se levanta, rascándose algo que tiene en la nariz. Mira a su alrededor, la chica ya no está. En su lugar, hay una nota escrita por ella.


Siento dejarte así sola, pero tenía que marcharme
a trabajar (ya te contaré).
Te quedaste dormida,supongo que sería cosa
de las pastillas. Cuando pueda pasarme por aquí
te llamo otra vez.
Besos, Alice

El reloj marca las tres y veinticinco. Hay luz, así que Post Meridien. El hambre empieza a atacar agresivamente a Lisa, así que va a la cocina y abre la nevera. Gran dilema: apetecen chuletas, pero un sandwich estaría listo mucho antes. Se decanta por el sandwich, las chuletas quedan para la cena. Come relajada, pensando en las tonterías que ha hecho, mientras se ríe, esta vez de forma fluida. Al acabar el sandwich, decide ir al piso de arriba, a recoger el fracasado intento de cuadro interrumpido por un – según le dio a entender la nota, aunque tampoco lo podría asegurar al cien por cien – fracasado intento de sexo.

Sube las escaleras, y entra en el estudio. En el suelo, un lienzo interesante, con trazos abstractos queriendo formar una figura definida. Un fondo negro con algunas lineas aleatorias amarillas, azules, y verde chillón, y en el centro lo que parece ser el hombrecillo de las alucinaciones, de cuerpo encogido y cabeza grande, de color blanco. Sin rostro. En el suelo, periódicos manchados más de lo que deberían, y un pincel con la punta llena de pintura roja.

6 – Sobreexposición fotográfica

Al rato, llegó una ambulancia que se llevó a la pobre chica al Hospital Regional de Nevada del Noreste, en un último esfuerzo por salvarle la vida. El detective Peck y Truman se quedaron en la escena del crimen, para reunir más pistas sobre estos macabros sucesos. Vaya una escena. Si uno mira a la esquina donde la chica fue disparada, no sabría decir si es una pared blanca pintada de rojo, o una pared roja pintada de blanco. La cama parecía el lecho de un parto casero muy mal llevado.

- No creo que sobreviva, Aaron…
- La verdad, no entiendo cómo puede seguir viva aún.
- Los federales se van a poner tontos, con el asunto de los ojos nos van a quitar el caso.
- El FBI puede irse de paseo. Este caso es mío. Que me ayuden si quieren, pero es mi caso.
- ¿Por qué no les das el caso directamente? Esto nos viene grande, son las típicas cosas que hacen ellos.
- Porque no. Punto. Cierra la boca y echemos un vistazo, ¿quieres?

Mientras Truman recogía y fotografiaba muestras de la sangre y del sitio, el detective Peck buscó cosas en la habitación. La pregunta que uno podría hacerse es “¿Quién mató a la chica?”, pero en realidad, ni siquiera sabemos quién es esa chica. Desde luego, los vecinos no la reconocerían sin esos ojos que seguro fueron hermosos en su día. Su rostro grotesco no se correspondía con la realidad que intentaban descubrir. Esta chica seguramente fue una persona maravillosa e intrigante, pero eso probablemente se acabe pronto.

En esta habitación no hay ninguna fotografía de ninguna chica joven. Quizá no sea su habitación. Habrá que mirar el resto de la casa.

El detective salió de la habitación del horror. En la zona del pasillo de arriba no hay fotos en las paredes, sólo retratos de modelos, y algunos paisajes, firmados por un tal HHank. Ninguno parece ser la chica.

¿H. Hank…? ¿De qué me suena a mi…?

La habitación de en medio no tenía nada en especial, salvo un póster enorme de Aerosmith, de la época del Just Push Play. Grandes, Aerosmith. Por lo demás, una cama con un edredón hortera, un escritorio color madera, y una alfombra. Nada debajo de la cama, no hay fotos, no hay nada que le importe a nadie. Además, esta habitación parecía llevar mucho tiempo sin usarse.

La siguiente habitación había sido convertida en un estudio de pintura. Los paletos de los voluntarios ni se molestaron en comentarlo. A veces parece más sensato dejarle el caso a los federales, con esta panda de incompetentes, que sólo valen para vigilar la tienda de licores. Parece increíble que en este país haga falta más policía. De todas formas, no hay mucho que destacar de este estudio, paredes blancas salpicadas de pintura de varios colores, caballetes con lienzos en blanco, y cuadros acabados (y algún que otro cuadro a medio hacer) apoyados en el suelo, contra las paredes y cosas así. Nada que se califique como prueba, salvo quizá la firma de algunos cuadros: “WOOD”. Quizá la chica pintó estos cuadros, quizá se llama Wood. Por lo menos, es una buena referencia cuando alguien la eche de menos. Obviamente, en esta habitación no hay fotos. ¿Es que no hay fotos en esta casa…? Lo más probable es que haya algo en el salón.

Peck bajó las escaleras y volvió al primer piso. A su izquierda la cocina, a su derecha el salón. Nada más entrar se ve una mesilla con una foto en un marco negro. Un tipo con un bigote tan anticuado como la foto en sí.

Conozco a este tipo.

Cogió la fotografía, y mientras iba subiendo las escaleras con ella, levantó la voz para contarle a su compañero su descubrimiento.

- ¡Eh, Truman! ¡Ya sé a quién pertenece la casa!
- ¿A quién?
- Harrison Hank. Es un pintor de California, conocía a mi hermano. Exponía frecuentemente en la galería. Un tipo algo raro, en mi opinión, aunque buena gente. Me contó una vez que tenía una casa aquí, en Carlin, para quedarse cuando fuese a Elko.
- ¿Y no le era más fácil alquilar una casa en Elko?
A estas alturas de la conversación, Peck ya llega a la habitación del cadáver.
- Ya te dije que era algo raro… ¿Tú has descubierto algo?
- Había un cuadro guardado en el armario. Está firmado por ese Hank.

Truman le entregó al detective Peck un lienzo donde aparecía dibujada una chica de aspecto extravagante, a pesar de no ir maquillada. Casi la mitad de su cabello estaba rapado, y el resto tenía un peinado raro, rubio, con algunas mechas de colores más azulados. Debía de tener unos veinticinco años… no, no llegaba a veinticinco. Tenía veintitrés, si no había cumplido ya los veinticuatro, y contando que el cuadro fuese pintado este año. Peck conocía a esta chica. No recuerda su nombre, pero recuerda haber mantenido una relación de una noche a mediados de Junio.

Existe la posibilidad de que esta chica sea la fallecida… pero quién sabe, con lo desfigurada que estaba. Además, en caso de que fuese ella, habría cambiado el color de pelo, pues ahora es negro… y sin peinados raros. Claro que, las mujeres cambian el pelo siempre que pueden.

- Truman, conozco a esta chica…

Truman le hizo un gesto para que aguardase un tiempo, mientras se llevaba su teléfono a la oreja.
- Oficial Johnson al habla… si… vaya… entiendo… … … sí, está aquí, ya le paso con él.

Tapa el auricular con una mano, y acerca el teléfono móvil hacia su superior.
- Es uno de los voluntarios. La chica ha muerto.

7 – El enfermero inconsciente

- ¿Lisa? ¿Puedes oírme, Lisa? Si puedes oírme, reacciona, de alguna forma. Sé que te va a ser complicado responder en tu situación actual, pero si eres capaz de oírme, simplemente reacciona, y sabré que me has oído. Es muy importante que me oigas, porque lo que te voy a decir es muy importante.
- …
- ¿Preparada entonces? Bien. Lo primero que te quiero decir es que ahora mismo estás inconsciente. Suena muy mal, pero créeme, la alternativa no es mucho mejor. Lo que está pasando ahí fuera es horrible. Por eso, y quiero que me entiendas cuando te lo digo, deseo por tu bien que sigas inconsciente un buen rato.
- …
- Claro, te preguntarás qué está pasando. Bueno, lo que está pasando no es sino la continuación de lo que ha pasado antes. ¿Lo recuerdas? Seguro que apenas lo recuerdas vagamente. A ver. Elko. Lucky Horseshoes. Música electrónica. ¿Te empieza a sonar? ¿Cuántas copas te tomaste, querida…? Hmmm… unas cuantas, puede ser, pero tú sueles tener mucho aguante. Desde luego, te quedaste bastante tonta, pero un poco de vodka no va a dejar a una profesional como tú fuera de combate… ¡Faltaría más! … ¿verdad?
- …
- Tienes razón, tienes razón, hoy no solo has tomado unas cuantas copas. ¡Hoy has decidido probar! Un extraño te da un trocito de algo con una cara sonriente, y decides que por una vez no pasa nada… ¿y pasó? … No, tampoco. Un poco de fiesta no hace daño a nadie, encanto. ¡Te lo digo yo! Además te lo has pasado bien. Tampoco te asustes mucho, no creo que mañana recuerdes esto. ¡Eh, a mi no me mires, yo no tengo la culpa! Bueno, lo de mirar es una forma de hablar… ¿aún sigues K-O?
- …
- Créeme, ricura, ahora mismo es mucho mejor así. No es culpa tuya. Ni mía, yo estoy aquí para ayudarte. Te preguntarás quien soy. Bueno. Yo soy la cara sonriente.
- …
- Shhhh… calma, calma. No querrás despertarte, ¿verdad? Te lo digo yo: no quieres. Aún no se ha acabado. Ahora toca descansar. Luego solucionaremos las cosas. Bueno, te voy a dar una noticia buena y una mala… ¿Cuál quieres primero?
- Bueno, la buena noticia es que apenas te has hecho daño. Aparte de una resaca de vómitos… (¡No encima mía, por favor!) … nada de lo que te puedas quejar. Supongo que eso es bueno, claro. No sé hasta que punto no hacerse daño es bueno. ¿Cómo sabes que te has caído sin los típicos rascazos de las rodillas?
- …
- Te equivocas, cariño. No siempre lo sabes. A veces no lo sabes. Y esta será una de esas veces. Esa era la mala noticia, por cierto. Supongo que da igual ya todo lo que te diga, ya que para el poco caso que me haces… y viendo que no vas a recordar nada… te lo cuento ya, sin paños calientes: te han violado y te tirado en medio del desierto. Y por supuesto sé quien fue…

8 – Aaron Peck

- ¿Puedo sentarme?
- Por supuesto, este es un país libre.
- Lo sé. Gracias, señorita.
- Gracias a ti, por pedir permiso. No muchos hombres en Nevada piden permiso para sentarse al lado de una chica. Claro que tú no pareces el típico motorista.
- Bueno, me gusta mantener las formas. – Se gira hacia la barra, buscando al camarero. Levanta la mano, levantando algunos dedos, pero no completamente. – ¡Hep, Charlie! Tráeme un whisky, seco. Y para la señorita, traele lo que te pida, que lo pago yo.
- ¿No estarás intentando ligar conmigo, no?
El camarero, como es norma universal en las charlas en la barra, da su aporte.
- No te preocupes, encanto. Aaron es un tío legal. No sólo es legal, sino que – señala a Aaron con el dedo índice mientras lo mueve amenazantemente – más le vale, que para eso le pagamos, o por lo menos yo, con tanto impuesto que pago. Trabaja para la policía. ¿Qué te pongo?
- Vodka con limón, por favor… – se vuelve hacia Aaron – ¿Es cierto eso?
Aaron se busca la placa, que la lleva en un bolsillo de la chaqueta.
- Detective Aaron Peck, de la Oficina del Sheriff de Elko. No me gusta presumir de ello, que no estoy de servicio, pero ya que Charlie sacó el tema…
- Impresionante. Me refiero a que seas detective, pareces muy joven.
- Eso mismo le dije yo al sheriff.
Se ríen ambos. Charlie se fue de la conversación como vino, sin avisar, para atender a otros parroquianos, y buscar las copas que le pidieron.
- Pero bueno, que seas detective no tiene que ver con que intentes ligar conmigo o no.
- Cierto, pero si tenías alguna intención de ceder a mis encantos, lo que te voy a enseñar te va a quitar todas las ganas… o todo lo contrario.
- ¿El qué?
Aaron se vuelve a meter la mano en la chaqueta, y saca una cajita pequeña, que, tal cual uno podría intuir, contiene un anillo dentro.
- Voy a declararme a mi chica. ¿Qué te parece el anillo?
- ¡Oooh! ¡Es precioso! Le va a encantar, ¡seguro!
- Gracias. En realidad empecé a hablar contigo porque necesitaba la opinión de una chica, y claro, no iba a contárselo a sus amigas, que hablan mucho. Quiero que sea una sorpresa.
- ¡Pues ojalá te diga que sí!
- Gracias.
Charlie vuelve con la bebida.
- Aquí teneis. 10$.
- Aaron, no hace falta que me invites.
- ¡De eso nada, dije que pago yo y pago yo! Aquí tienes, Charlie. 10$. ¡No te los gastes en bebida!
- Brindemos. Por tí y tu futura esposa.
- ¡Chin chin! – brindan y beben un pequeño sorbo – Y bueno, cuéntame algo de ti. He hablado demasiado de mi.
- Bueno, para empezar, me llamo Lisa Wood, detective Peck, y no he hecho nada legal últimamente. ¡Lo prometo! Soy un amago de artista de Carlin que se viene a la “gran ciudad” a ver si hay algo más de diversión.

9 – Larry

Un hombre de mediana edad, alto y escuálido, se despierta por el claxon de un coche, mientras dormía en una pequeña cabaña en medio de la nada. Abre sus ojos, saltones y con unas ojeras que dan la impresión de que su mirada te taladra, y apoya las manos en el suelo – sobre el cual dormía – para ponerse en pie, de un salto. Se acerca a la ventana y espía entre las láminas de la persiana: Un Chevrolet Impala, modelo algo viejo. Es conocido. Levanta totalmente la persiana para que sepan que ya se ha levantado, y se acerca a una pileta que tiene instalada, para lavarse un poco la cara. A continuación sale de la cabaña, para recibir a su amigo con los brazos extendidos.

Del coche sale un hombre de semblante serio, algo fornido, de pelo moreno.
- ¡Por dios, estás hecho una mierda, tío!
El hombre de la cabaña responde con su voz permanentemente cansada:
- Yo también me alegro de verte, Dwain.
- Oye, que yo me alegro de verte, no lo dudes, pero me alegraría más si no estuvieses consumiéndote.
- Bueno, consumir consumo.
- No se trata de eso, Larry. Se trata de que comas algo, de vez en cuando… ya me imaginaba yo algo así, por eso te he traído algo de comida, para que guardes. Pasta, arroz, conservas, y un par de pizzas. Las pizzas son para tomarlas hoy, los dos. No tienen muy buena pinta, pero tampoco conozco aún los sitios buenos en Carlin.
- ¿Son de Pizza Industry?
- Sí.
- No hay nada más en Carlin. Si quieres tomarte una buena pizza tienes que irte a Elko, o hacértela tú mismo.
- Ya veo. Y bien, ¿Cómo van las cosas por la mina?
- Aburridas. Bueno, el otro día cacé un conejo.
- ¿Y te lo comiste?
- Nah, no tenía hambre. Lo llené de pastillas y lo tiré en medio del desierto, para que se lo comiera un coyote.
- ¿Mataste a los pobres animales por placer?
- No, los aullidos de los coyotes no me dejan dormir por las noches. Odio a esos bichos.
- ¿No dormirías mejor en algún sitio que no fuese el suelo?
- No es eso. Hoy dormí de un tirón. Me despiertan los aullidos. Eh, deberías haber visto al coyote. Se puso a correr en círculos, se mordió su propia cola hasta arrancársela y cuando se le acercó otro coyote, le atacó. Casi lo mata, pero al final estaba tan colocado que cayó redondo y el otro lo remató.
- ¿Pero qué le diste al pobre animal?
- Pues, una de cada, excepto de las suicidas.
- Te pasas de cruel.
- ¿Cruel? Deberías verme sufrir cuando no duermo. Eso sí que es cruel.
- ¡Si durmieses en la civilización, y no aquí, rodeado de animales…!
- Tampoco hay tantos animales en el desierto. Por eso es un desierto. De hecho, no oigo aullidos desde el martes. Creo que he hecho bien.
Dwain mira a su amigo con una mezcla de incredulidad, rabia, pena y sarcasmo.
- ¿Bien? Este es el tipo de cosas que hace que la gente eche de menos a los coyotes. ¿Te deshiciste bien de los cadáveres? ¿Qué pasa si alguien encuentra a tu conejito pastillero, o al chucho?
- ¿Quién lo va a encontrar? En Carlin hay cuatro polis, voluntarios, que apenas comen donuts y ponen multas de exceso de velocidad. Los de Elko no vienen hasta aquí si no hace falta. Además, la mina es grande, si quisiesen encontrar mis cosas por ahí, simplemente no podrían.
- ¿Y ya no tiene oro la mina?
- Por lo menos no a una distancia a la que valga la pena sacarlo. La mina está abandonada, el único oro que hay aquí lo fabrico yo mismo. Por cierto, ¿me trajiste los ingredientes?
- A eso vine. Eso y a verte y traerte la comida.
- Perfecto. Me estaba aburriendo sin tener nada que sintetizar.
- Aún no me creo que hagas esto por diversión.
- Es lo único que me hace sentir cosas. Hacerlas, probarlas, y matar. El dinero sólo es para poder seguir haciendo, y comer cuando no me olvido. Al final acaban sobrando. En cuanto me aburra de hacer pastillas, me tomo la de los ojos en X y que os den a todos por el culo.
- Lawrence, deja de decir eso, coño… Si no fuese porque mañana habrías hecho diez más y las habrías escondido, te quitaba todas las X ahora mismo.
- No lo entiendes. Yo sufro mucho.
- Todos sufrimos, Larry.

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