La Caja de Cristal de la Dimensión Siete
Álvaro Pérez Alarcón
1: La caja de cristal.
2: Tuxedo.
3: El vacío del hombre.
4: Banhart el visitante.
5: Niño vudú.
6: Matilda te visita por casualidad.
7: Cefalea tensional.
8: Hellogoodbye.
9: Yo no te fallaré.
10: La ley de la selva.
11: Trajes rojos. Bichos muertos.
12: No te fies de alguien que viste de blanco.
13: La Gran Nada.
14: No.
15: Reflexión y refracción.
16: El señor de Cheshire.
17: Cómo derribar un muro con migas de pan.
18: La trágica muerte de Pablo.
19: Niño A.
20: Cuatro gatos.
21: La Caja De Cartón De La Dimensión Siete.
22: El zorro y los gallinas.
23: Niño zumbido.
24: El techo blanco.
25: Morir es mi última voluntad.
26: Crimen y castigo.
27: Niño otoño.
28: La caja de yeso de la dimensión cero.
A todos los perdidos allá afuera.
1 – La caja de cristal
No sé como ocurrió. No sé por qué ocurrió. No sé qué ocurrió. De hecho, no se nada. Lo último que recuerdo es antes de abrir los ojos, hace escasos segundos. Estaba tumbado en el suelo más cómodo y rígido que quizás recuerde nunca, y quizás el único que jamás recuerde. Era plano y liso, completamente liso, y suave, sin ser ni resbaladizo ni pegajoso; un suelo amable al tacto.
Abrí los ojos. Ante mi se abría un mundo negro, sin cielo ni horizonte. Mirase adonde mirase, sólo podía ver un desierto negro. Lo primero que pensé fue, obviamente, que me había quedado ciego.
Miré mis manos: todavía estaban allí, es decir, todavía era capaz de verlas. Desde luego no me había quedado ciego. Además, sabía que verme las manos significaba una fuente de luz en algún sitio. Miré hacia arriba. Ni sol, ni luna, ni lámparas, ni fuego. Nada. Y mirando en cuanta dirección se me ocurriese, lo unico visible era yo. ¿Qué se supone que me ilumina? En ese momento me doy cuenta de que mis manos y mis piernas no arrojan sombra cuando las muevo. Tampoco mis piernas ni ninguna parte de mi cuerpo. No es de extrañar, pues ello implicaría oscurecer el negro más negro, lo cual sería contradictorio. Sin embargo, no arrojo sombra sobre mí mismo. Es como si yo mismo emitiese la luz que me permite verme, pero sin ser así, puesto que sería bastante evidente. Simplificando las cosas, es como si simplemente… estuviese, y fuese visible.
Este lugar me intranquiliza. Sin duda estoy en una gran nada de color negro. ¿Quizás hay alguien cerca que me lo pueda explicar?
-¡Hooolaaa!
Espero un rato por la respuesta. Ese rato parece no llegar. Quizás estoy aquí yo solo.
-¡Hooolaaa!
Levanto la cabeza. ¡Alguien me ha respondido!
-Hooolaaa.
…
-hooolaaa…
-(hoolaa)
Solo era el eco de mi propia vez. Pues bien, lo peor que puedo hacer, supongo, será quedarme aquí quieto, parado, tumbado en medio de la nada, literalmente, esperando que las cosas ocurran. Quiero decir, ¿Qué puede ocurrir en medio de la nada? Esperar a que algo ocurra aquí es definitivamente absurdo. Me incorporo rápidamente. El golpe que me doy con la cabeza suena como una campana ensordecida. Suelto un gemido, y a continuación me desplomo contra el suelo en mi posición anterior. Levanto mi mano derecha para comprobar qué ha pasado. Hay un techo. ¿Un techo? Un techo de una delgada pero quizás resistente hoja de lo que parece ser cristal. Palpo alrededor, con cuidado, usando manos y pies en todas direcciones. Estoy entre seis paredes de cristal, que forman una caja en la que estoy metido. No puedo girarme, ni levantarme, ni incorporarme. No puedo ni extender los brazos a placer.
2 – Tuxedo
Cuando uno se siente atrapado en un mundo grande, puede explorarlo en todos sus confines para intentar encontrar algún sitio que pueda llamar suyo. Si estás atrapado en una celda o un calabozo, buscas algo con lo que distraer la locura mientras buscas alguna forma de huir de tu cautiverio, o simplemente esperar. Yo estoy en un mundo infinito, encerrado en un espacio infinitésimo. ¿Qué debería esperar de mí mismo? No sé ni como entra el aire que respiro… ¿Respiro? La verdad, ni siquiera estoy seguro de eso. O me estoy quedando sin aire, o el shock que ha sido levantarme y comprobar mi situación me ha puesto tan nervioso que creo que tengo un ataque de ansiedad. A pesar de no recordar nada, creo saber que no soy claustrofóbico. Ni agorafóbico, que también podría describir mi situación. De hecho, si fuese ambas cosas estaría pasándolo realmente mal. Pero aunque no sea ninguna de las dos cosas, cualquier persona que solo recuerde dos minutos de su vida y consistan en estar solo, encerrado en una caja de cristal en medio del vacío estaría igual que yo.
De repente oigo pasos. Parecen oírse a trompicones, como si fuesen los pasos de un borracho a punto de caerse. Al rato me doy cuenta de que en realidad son los pasos de dos personas andando a diferente velocidad, rebotando y reverberando contra unas hipotéticas paredes que pueden o no existir. Miro en todas las direcciones que puedo, pero no veo a nadie. El volumen de los pasos aumenta con el tiempo, así que supongo que tarde o temprano tendrán que pasar por aquí. Encontrar los pies sobre esos pasos sería sólo cuestión de paciencia, así que lo más sensato sería seguir tumbado y esperar. Hasta que unos gritos me interrumpen:
- ¡Me cago en la madre que lo parió! ¡Yo lo mato! ¡YO-LO-MATO!
Tras un sobresalto veo ante mi dos figuras vestidas de traje. Una de ellas lleva lo que identifico por una pistola, con un cañón lustroso de tonos plateados. Pero no es la estética lo que más me llama la atención de la pistola. Es el hecho de que aunque fuese un experto en balística, lo cual dudo mucho que sea, reconocer el modelo de la pistola sería quizás difícil, puesto que solo puedo ver el cañón, de frente, a menos de cincuenta centímetros. La persona que agarra la pistola, firmemente, es la misma que gritaba, nerviosa y frustrada, agresiva, y de hecho no ha parado de gritar desde que empezó.
-¡Está dentro! ¿Cómo puede estar dentro, quién coño le ha dicho que se metiese? ¡Le voy a pegar un puto tiro a él y a esta puta caja!
La inquietante actitud de este personaje, mientras su cuerpo se agita nerviosamente de un lado para otro, sin dejar de encarar el arma hacia mi entrecejo, me dejó petrificado. Mientras los oía llegar estaba preparando la forma más adecuada de preguntarles por mi situación, si no pedirles ayuda para directamente salir de allí y volver a de dondequiera que haya salido yo. Pero curiosamente la reacción de una persona a tal brusquedad es la de quedarse quieto y no hacer ni decir nada. Como si eso dejase que este amable señor de traje oyese la voz dentro de mi subconsciente que salta y vocifera con todas sus fuerzas “¡Soy una piedra! ¡Soy una piedra! ¡Soy una piedra! ¡Soy una piedra!” e interrumpiese su amenaza al pensar que no iba a matar a algo vivo. Hubiese sito más lógico huir, o intentar huir, llevándome la caja conmigo, si eso es posible. Si sobrevivo, debería comprobarlo.
- ¡Tío, déjalo en paz! – Dijo la otra voz, con un tono suave y calmado. – Ya acabará saliendo, y si no sale, la caja lo matará por tí. No creo que sea muy agradable llenar todo esto de sesos, sangre y cristales rotos. Sabes de sobra de qué te estoy hablando.
En este momento, el pistolero baja el brazo, y consigo la mano que agarra la pistola. Su cabeza se tuerce un poco en la dirección de su compañero, pero sin mirarle directamente. En este momento, entre los fuertes latidos de mi corazón aúno la lucidez suficiente para reparar en mis visitantes. Se parecen mucho. Deben ser gemelos, o como mucho hermanos. Miradas cansadas, de interesantes. El pistolero con barba de tres días y el otro afeitado, quizás esta su única diferencia apreciable.
- ¿Quieres decir que…?
- Quiero decir que matándolo sólo haces el ganso.
3 – El vacío del hombre
- ¡Pero… está en la caja! ¿Sabes lo que significa eso?
El pistolero habla cada vez en un tono menos amenazador pero más picajoso. Como si le apeteciese apretar el gatillo de su arma y matar algo. Y ese algo, por supuesto, tenía que ser yo. Pese a la tensión de la situación, su hermano gemelo afeitado sabe mantener el temple y la calma. Quizás tampoco le importe.
- Por supuesto que lo sé. Está en la caja. En otras palabras, está aquí con nosotros, pero en la caja. Olvídate, es como si estuviese en otro sitio. ¡Pero si no puede ni ponerse de pie! Si le disparas, ni tu ni yo conseguiremos huir con vida. ¿Acaso es eso lo que quieres? Por que desde luego, yo no.
- No. Está en la caja. Eso significa que quiere morir. Tengo un arma. Las armas matan. Él quiere morir, yo quiero matar.
El pistolero toma un tono algo más serio. Continúa.
- ¡Y YO ESTOY HARTO DE ESTE VACÍO EN EL QUE VIVIMOS!
El pistolero levanta rápidamente su mano, empuñando el cañón que antes, y otra vez ahora, me apunta. En un instante minúsculo su aparente calma se ha transformado en obvia ira, y sin casi tiempo de verlo yo, estalla la pólvora.
-¡BAM!
El arma del pistolero cae al suelo entre una lluvia de sangre. Su mano, roja como es infierno goteaba mientras sus rodillas golpeaban contra el suelo, seguidas por su costal derecho, entre gemidos de dolor. Un dedo meñique derecho se desliza entre un suelo como si fuese el suelo más pulido manchado del aceite más viscoso. Una segunda pistola, firme y humeante, se sostiene en la mano del gemelo aseado, el cual, sin embargo, no ha perdido un ápice de su característica templanza. Acto seguido, como si no le importase haber despiezado la mano de su hermano, busca eficientemente una región de suelo limpia y se sienta, en la postura del indio, para sacar un porro, o quizá un cigarrillo liado artesanalmente, que guardaba en un bolsillo, y un mechero zippo brillante y plateado, que guardaba en el bolsillo opuesto. He de destacar que, durante todo esto, lo cual debió durar más de medio minuto, el pistolero se retuerce en el suelo gritando, intentando soportar el probablemente insoportable dolor. Sólo ver el dedo meñique solitario, separado por metros de su dueño, me da ganas de comprobar el mío, el cual se repente se siente subjetivamente dolorido y descolocado. Está en su sitio.
El gemelo calmado abre su mechero al mismo tiempo que éste se enciende, y con la llama prende su cigarro. A continuación, como un juego personal, cierra el mechero y lo abre repetidamente intentando que se encienda al abrirlo al igual que la primera vez. Lo consigue seis veces seguidas, pero a la séptima el mechero estaba apagado. Hace un gesto de “no lo he hecho, pero me da lo mismo”, y sonríe.
- Bueno, pensándolo un poco, la cosa tendría que haber sido en otro orden, y ese… idiota intentando lo del zippo. Pero la realidad no suele ofrecer para guionarse del mismo modo que la ficción.
Dicho esto, echa su espalda hacia atrás y sus manos a la nuca, al mismo tiempo que acomoda sus piernas cruzándolas. Entre los gritos de un gemelo y el silencio de otro, la escena se vuelve lo suficientemente monótona y pausada como para atreverme a preguntar:
- ¿Quien… quienes… quienes sois?
Segundos más tarde, el gemelo que fumaba agarra su cigarro, que desde más cerca se distinguía que contenía marihuana, y gira su cabeza hacia mi, para responder.
- Yo, eh… yo me llamo… Banhart, y ese de ahí… ese de ahí es idiota, como puedes comprobar.
4 – Banhart el visitante
- ¿Y quién soy yo?
Tan pronto formulo esta pregunta, el rostro de Banhart se congela, como si la respuesta fuese demasiado compleja como para expresarla sin trazar un guión mental previo. La mano derecha de Banhart, que sostiene su porro, baja lentamente como si hubiese dejado de pertenecer a su cuerpo. Al cabo de unos segundos, vuelve a erguirse para acercar el material a la boca del chico, el cual da una calada que acaba por ser exhalada hacia el cristal de la caja dejándose ver, por primera vez, su existencia. Tras fijarse en el tamaño del cigarro, vuelve a coger su zippo, papel, y se lía un segundo porro.
- No puedo decirte quién eres.
- ¿Eso es todo?
- No puedo decirte quién eres porque no lo sé del todo. Eres tú el único responsable de saberlo, y recordarlo si lo has olvidado. De hecho, deberías tratar de recordar lo que hayas olvidado. Si has olvidado todo, tendrás que recordarlo todo. Es el deber de todo amnésico, ¿no? Todo lo que yo o cualquiera te diga sobre ti o lo que sabías puede ser mentira, y puede crearte una realidad que no existe. Podría haberte dicho que eres un prisionero de guerra torturado psicológicamente, o un loco que imagina un mundo. Podría decirte que vives en una simulación, y lo que experimentas es algún tipo de fallo del sistema. Esto puede o no ser cierto, pero cualquier cosa que se me ocurra te la creerás. Si te digo que el cielo es azul me creerás a pesar de que no se ve el cielo desde aquí.
- Pero… el cielo es azul.
- ¿Qué cielo?
- Eh…
- Exacto. Ahora mismo lo único que realmente puedes afirmar es que hay un sitio negro, con una caja de cristal, contigo dentro y con nosotros fuera. Que yo no tengo barba y mi compañero sí. Que yo tengo un dedo meñique en mi mano derecha y él no. Que está todo lleno de sangre, que que te disparen en la base de un dedo duele mucho…
- …que tu nombre es Banhart…?
- …provisionalmente, por lo menos.
El tono de Banhart sonaba a un punto entre burlón y filosófico en esta última frase. No sé si pretende tomarme el pelo o era una lección metafísica sobre las cosas, o si era cosa de la droga que aún sigue consumiendo, pero el caso es que me estaba diciendo que no me podía fiar de él. Tampoco estaba entre mis planes confiar en alguien capaz de disparar a su hermano gemelo y arrancarle un dedo, aunque aquello me salvase la vida. Esto me hace recordar, el gemelo de Banhart sigue en el suelo gritando como un poseso. Me había acostumbrado a ese sonido y no le estaba prestando atención.
- ¿No vas a ayudar a tu hermano? Yo iría, aunque…
El cada vez más drogado Banhart gira sus ojos como si hubiese dicho una tontería.
- No-es-mi-hermano. Sólo se parece a mi, pero no tenemos nada que ver: él tiene barba. Y sólo diecinueve dedos. Y… sí, quizás estaría bien asegurarse de cómo le va. O hacerle callar al menos. Bueno, mejor lo primero, no quiero dejarte un cadáver aquí en medio, sin que puedas hacer nada por evitar el fétido olor que desprenda cuando muera o se le relajen los esfínteres. ¿Te imaginas? Primo meado, cagado y podrido, y tú ahogándote por ello en la caja. Al final habría conseguido lo que quería. ¡De eso ni hablar!
Banhart se levanta y camina a pasos vacilantes hacia su no-hermano, y lo trata de levantar mientras él se retuerce y Banhart le dice que se calme. Pero el pistolero no deja de protestar.
- ¡Hijo de puta! ¡Me has fusilado un dedo! ¡CABRÓN! ¡Aaaaaaah!
Banhart lo deja caer al suelo como si nada importarse, y tan pronto el cuerpo cae al suelo, le asesta una generosa patada en el tórax. Su no-gemelo queda inconsciente y deja de gritar, tras lo que Banhart murmura: “Mierda, me he manchado de sangre…”. Retrocede y camina hacia el dedo huérfano, para recogerlo, y lo mira con una ligera desconfianza. A continuación mira hacia mí.
- ¿No llevarás algo de hielo encima, no?
- Hasta me sorprende que lleve algo de ropa encima. No, no tengo hielo. Tampoco podría dártelo.
-Bueno, veré si puedo hacer algo de todos modos…
Se mete el dedo sangriento en un bolsillo interior del traje y vuelve hacia el pistolero, para agarrar su camisa y comprobar si era correcto trasladarlo así, arrastrándolo. Luego lo vuelve a dejar caer para acabar de fumar su segundo porro, aunque esta vez no se lió un tercero. Sin añadir nada más, vuelve a agarrar al herido y se marcha, a paso lento, vacilante, intermitente, ebrio, dejando un sendero de sangre tras de sí.
Vuelvo a estar solo, y otra vez más no ocurre nada a mi alrededor. Quizás, la diferencia con situaciones anteriores similares es la sangre esparcida por el suelo, pero eso pertenece a algo emocionante que ya pasó y con suerte no volverá a ocurrir.
La soledad estática suele ser el momento ideal para pensar, y desde luego tengo cosas en las que pensar, como lo que me dijo Banhart. Por ejemplo, lo que no me dijo fue la respuesta a mi pregunta. También me dijo que estoy, por algún motivo, obligado a recordarlo todo. ¿Debía hacer eso? Quizás recuerde cosas peores de lo que ahora conozco, o la causa de haberlo olvidado todo, y tener que volver a empezar de cero. Sí, desde luego este es un momento ideal para pensar en todas esas cosas, pero también es un buen momento para dormir.
5 – Niño Vudú
El sonido de unos neumáticos rozando la carretera, mezclado con el ruido de un motor grande, absorta mi mente. Es un autobús. A mi derecha, tras la cabeza de alguien, árboles, muros, casas y terraplenes se mueven rápidamente. La vibración es relajante y molesta al mismo tiempo. Odio los autobuses, son incómodos.
- ¿Y a qué decías que tenías que ir a la gran ciudad?
Me hablaba la cabeza que estaba a mi lado. Es un colega, de los “medianos”, es decir, buena gente, un tipo legal, con el que hay buen rollo, pero no un amigo, de esos que “están ahí”, simplemente porque es un tipo legal, que conozco, con el que hay buen rollo.
- Nah… unas compras, un poco de aquí y allá. Una cámara que probablemente nunca utilice… ¿Y tú qué, encontraste mucha cola?
- Nada de nada. Llegué allí, papeleo, y me marché. Impecable.
- Ahá…
Los viajes en autobús son incómodos, incluso cuando te encuentras gente con la que hablar. El trayecto es de media hora, lo cual no es poco, pero sin embargo siempre parece más. Quizás lo más potencialmente incómodo es la radio, siempre una caja de sorpresas, que puede amenizarte el viaje o hacer que desees que te peguen un tiro. La emisora que suena… es de las normalitas, tirando hacia abajo. Cutre pero llevadera, supongo.
- ¿Y qué decías que ibas a estudiar? – digo.
- Un ciclo, de administrativo. No sé donde me meto… jaja
- ¡Se te ve convencido!
- Bueno, algo hay que hacer…
Mientras no prestaba atención por ir agotando una a una las trivialidades con las que llenar los minutos del viaje, la emisora de radio se dio un capricho y, sin darme yo cuenta, pone un tema de rock psicodélico. Sin embargo, no tardo en reconocerlo.
- ¡Hostiá! ¡Que guapo! No sé que hace este tema en esta cadena.
- Ya te digo. ¿Es la de Voodo Child, no?
- La slight return, sí. Además es un tema algo larguillo, para ponerlo en la radio.
- Anda que si ponen la otra, la de 15…
- Jajaja, ¡No, ya! ¡Nunca lo verás en la radio!
- Sobre todo porque la radio no se ve, sino que se oye.
- ¡Sobre todo eso! … ¡Qué temazo! Imagínate que Jimi no la hubiese palmado. A saber qué más habría hecho.
- Nunca se puede saber, quizás habría sido lo mismo de siempre y diríamos que los primeros discos molaban más. O quizás habría sido una puta animalada y habría cambiado para siempre el destino de la música. Pero simplemente ocurrió.
- Ya. Como Frusciante, el de los Chilis. Se dice que estuvo también a punto de palmar a la misma edad, la edad mágica, cuando se había retirado para trabajar de yonki a tiempo completo. Al final salió adelante y hubo Californication, By the Way, Stadium Arcadium… todo lo que sacó después en solitario, colaboraciones con casi todo el mundo… Es curioso que eso estuvo a punto de “no suceder”, como quien dice.
- Es un monstruo. Hace unos solazos que flipas. Aunque en solitario no me gusta demasiado. Escuché el ultimo hace poco, era así como descafeinado o algo.
- Pues a mi me parece preciosísimo.
- Había varios músicos que habían muerto a la misma edad, ¿no? Jim Morrison, Kurt Cobain…
-… Janis Joplin, eh… ¿Cliff Burton?
- ¿Quien?
- El bajista de Metallica, el que murió (obviamente)
- ¡Ah! No, ese había muerto más joven, me parece.
- Puede, no sé.
- Hablando de Kurt Cobain, el otro día leí por ahí una teoría sobre lo del suicidio.
- ¿Courtney Love?
- No, hombre, no, Kurt se pegó un tiro.
- Ya, ya. Pero es que siempre que se especula sobre eso sale lo de Courtney Love.
- No, me refiero a cómo llegó a suicidarse.
- Hasta donde yo sé, el tío estaba desencantado con la música, los fans tocándole las pelotas, las discográficas sanguijuelándole…
- Sí. Lo que decían es que Kurt Cobain era algo autista, ¿sabes? No autista autista como estos de la televisión, pero que le costaba muchísimo relacionarse con la gente, entender a los demás, saber qué sentían, y por eso estaba tan depresivo siempre. Se sentía solo, ante la mierda que le echaban encima. Yo lo veo comprensible, si no ves que la gente está ahí, y lo que te da la vida se vuelve aburrido y aun por encima te manosean como a una puta.
- Tener, parece tener sentido.
- Claro, y por eso veía que todo el mundo era malo.
- Bueno, en realidad razón tampoco le faltaba…
Mis ojos se abren, agudizándome un dolor de cabeza que no sé por qué tengo. El cristal del autobús ha cambiado. El techo del autobús, y, resumiendo, todo el autobús, se ha transformado en una caja de cristal. En LA caja de cristal. Los terraplenes, árboles y casas ya no existen. Nada existe, salvo yo, la caja y mi nuevo dolor de cabeza. No sé a qué ha venido ese sueño… no sé si era un recuerdo. Ni sé con quien hablaba, aunque eso no importa absolutamente nada. Apenas recuerdo el sueño, ahora que han pasado cinco segundos.
6 – Matilda te visita por casualidad
Empiezo a tener hambre. No sé qué quiere decir eso, quizás signifique que no estoy soñando. Además, acabo de despertarme de un sueño. No descarto la posibilidad de soñar dentro de un sueño, pero si a eso le sumamos sensibilidades físicas impropias de un sueño, y más típicas de la vida real (sea lo que sea eso), me siento con capacidad para pensar que, definitivamente, no estoy soñando.
Si no estoy soñando, estoy viviendo. Y si estoy viviendo, puedo morir. Ahora recuerdo las palabras que Banhart le dijo a su compañero… más o menos era algo tipo “no lo mates, deja que la caja lo mate a él”. ¿Así es como me va a matar la caja? ¿De hambre? Bueno, al fin y al cabo es una caja, pero me parece bastante absurdo. Ni siquiera sé cómo puedo respirar dentro de esta cosa, pero veo imposible conseguir comida. Lo único comestible dentro de la caja soy yo.
Tengo que huir. Romper la caja como sea, o moverla. Intentar buscar algo. No quiero morir, no hasta saber qué es esto y qué hago aquí. Me lanzo contra las paredes de la caja, como puedo. No consigo lanzarme con fuerza sin hacerme daño… tendré que hacerme más daño. Me lanzo con fuerza, me golpeo un hombro. Luego un codo, la rodilla, luego codo y rodilla. Luego me doy un cabezazo, lo cual no era buena idea teniendo en cuenta que ya me dolía mucho la cabeza al despertarme, por lo que ahora estoy bastante aturdido… no sé si la caja se ha movido, pero yo me estoy desmayando. Qué más da. Prefiero morir de hambre que de dolor.
Me dejo caer mientras mis ojos se cierran. Posiblemente la próxima vez que los abra haya cambiado algo .
…
- ¡Eh! ¡Tú!
Abro los ojos. Por la cara de delante de la caja, es decir, la que está junto a mis pies, veo a alguien apoyado. Es una chica. Menudita, pelo largo, castaño… es bastante mona, aunque el estándar general diría de ella que tiene muy poco pecho. Pero hay quien dice que para gustos se hicieron las mujeres. Apoya medio cuerpo encima de la caja, de modo que la estoy viendo desde debajo.
- Eh… hola. ¿Nos conocemos?
- Eh… no lo se. ¿Deberíamos conocernos?
- Bueno, lo primero que recuerdo es de hace algo más de medio día. No recuerdo a quién conozco y a quién no, si es que conozco a alguien.
- Entonces supongo que no nos conocemos, ¿no?
Acabo de recuperarme del todo del aturdimiento, y me doy cuenta de que hay una serie de prioridades, por ejemplo, sobrevivir, o más importante aún, averiguar algo.
- ¿Tu no me conoces a mi? ¿Sabes quien soy?
- No.
- Vale. Entonces no nos conocemos. Me ahorro también preguntarte quién soy… probablemente me quedaré sin saberlo… espero que de momento. ¿Y tú, quien eres?
- Me llamo Matilda. Matilda Keine.
Durante unos segundos, la conversación se para. La respuesta de Matilda me ha decepcionado un poco. Saber su nombre no me va a servir de mucho.
- ¿Y… qué te trae por aquí, Matilda?
- Pues… Hace ya tiempo, Primo y Bernard me dijeron que viniese aquí, que era importante. Así que me vine, y hoy paseando me encontré contigo. Y con tu caja.
- ¿Primo y Bernard?
- Si. Bueno, Bernard posiblemente no se llame así. Suele dar nombres falsos, es una cosa rara que a veces me explica pero no entiendo. Primo ya pasa de ponerle nombre, y lo llama por “¡Eh, tú!”. Bueno, eso o “¡Maldito cabronazo!”.
Las formas en las que mencionó la manera que tiene Primo de referirse a Bernard las dijo entre risas, mientras intentaba imitar la voz de un malo de dibujos animados, trivializándolo.
- ¿Esos tal Primo y Bernard no serán dos tipos trajeados, muy parecidos, uno con barba y el otro sin?
- ¡Ah! ¿Los conoces?
- Estuvieron aquí antes. Montaron una escena.
- ¡Haalaaaa! ¿Y dejaron salir a Primo del hospital?
- ¿Del hospital?
- Primo estaba ingresado, porque hace tres días Bernard volvió a dispararle, en la mano.
- ¿Tres días? Entonces he estado durmiendo más tiempo del que pensaba… y la escena fue precisamente ese disparo. Eso también explica, en parte, que no haya sangre por aquí. ¿Alguna idea de quién la ha limpiado?
- Nooooooo tengo ni idea. No sé nada de este sitio.
- ¿Pero, cuánto tiempo llevas viviendo aquí?
- Tres meses. Pero solo estoy o en casa, que, bueno, no es exactamente una casa, o dando vueltas por donde no hay nada.
-Ah… Oye, Matilda, llevo tres días, probablemente mucho más, sin comer. ¿Podrías ayudarme?
7 – Cefalea Tensional
- Bueno, podría intentar buscarte algo de comer, pero… ¿Tiene algún agujero esto, para meter la comida, o puedes salir, o…?
A Matilda no parece preocuparle demasiado mi situación. Bueno, tampoco es que se alegre. Es como si no fuese consciente de las cosas. Se las dices y ya está, no hace falta convencerla de nada.
- Pues la verdad, creo que estoy atrapado… He intentado salir, golpear el cristal, para intentar romperlo, pero solo he conseguido hacerme daño. ¿Podrías intentar mirar si ves algo desde fuera?
Matilda da unas vueltas alrededor de la caja, mientras toca todas sus paredes con cara de curiosidad. Intenta hacer fuerza para empujarla, da golpecitos mientras apoya su oreja en el cristal, intenta deslizarlo. Sorpresivamente, no encuentra ningún punto débil a la caja. Se para a pensar y me pregunta:
- ¿Y cómo haces para respirar ahí dentro?
- No lo sé. ¿Has mirado las esquinas?
- Es que es lo que me extraña. Ni siquiera en las esquinas, recobecos, rendijas, en ningún sitio he visto respiraderos.
- Nunca entenderé lo que me está pasando…
- Bueno, tal vez.
- …
- Eh… ¿o tal vez no?
- Eso no se puede saber ahora.
Suspiro. Quizás es cierto que nunca sabré qué es esta caja, o qué es este sitio, o quien solía ser. Como si, además de estar en una prisión para la persona, estuviese también en una prisión para mi mente, aislado del exterior, exterior en el que ya no puedo pensar porque desconozco. Todos los sitios que he conocido durante mi vida, la gente, las cosas que he aprendido, todas se han borrado. Todo lo que he sido, también. A lo mejor estoy cumpliendo alguna especie de condena, por algo horrible que he hecho. A lo mejor soy un criminal. A lo mejor he destruido algo, o alguien, y por ello me han metido en una prisión para el cuerpo y la mente, sin más carcelero que el tic tac de un reloj que no está, pero que avisa de que tarde o temprano moriré, hambriento, loco y sediento…
¿Sediento?
Me acabo de dar cuenta de que si llevo días sin comer, llevo también días sin beber. ¿Cuánto se puede estar sin beber? Mis labios están secos y ni me había dado cuenta.
- ¡Pues como no comas te vas a sentir muy mal! Qué fastidio que no consigamos averiguar nada.
Matilda se había recostado encima de la caja, sobre mis piés, con su cabeza y piernas colgando de sendos laterales. Sus brazos estaban en cruz sobre su pecho, como si estuviese pensando seriamente en el asunto. Probablemente no lo estaba.
- Bueno, yo ya he averiguado algo…
- ¿El qué?
- Que también llevo tres días, o los que sean. sin beber.
- ¿Eso no es mucho? ¿Qué tal te encuentras?
- Pues me duele muchísimo la cabeza, creo que me va a explotar. … Hay que hacer algo ya.
- Hmmm…
- ¡Ve a buscar ayuda!
- Vale
Matilda se levanta de un grácil salto y comienza a caminar hacia delante. No sé si sabe a donde va, porque simplemente fue en la primera dirección que encontró… ¿Pero no entiende la situación?
- ¡Pero, Matilda, corre!
Matilda obedece. No sé qué pensar de ella. En todo caso, yo estoy encerrado. Mi suerte depende de quién aparezca por aquí, no tengo muchas cartas que jugar.
Harto, golpeo la caja lleno de ira, con todas mis fuerzas, y consigo por fin mi objetivo: liberar estrés. ¿Pero de qué me sirve, aparte de para cansarme? Esta caja parece de hierro, en vez de vidrio. Además, la tensión hace que me duela más la cabeza. Y lo que es peor, el dolor de cabeza hace que me revuelva aún más, golpeando más la caja, aumentando la tensión, cansándome más, sufriendo. Mi cabeza puede estallar en cualquier momento, me duelen las manos, los brazos y las piernas. Tengo que parar. Ya. Respiro, de una forma aún por determinar, me apoyo sobre mi brazo izquierdo, con el cuerpo estirado pero relajado, y vuelvo a respirar. Eso no quita el dolor de cabeza, pero sí da un alto en la locura.
No veo bien. Es difícil de saber cuando estás en un mundo completamente negro, en una caja invisible, pero me estoy mareando y lo poco que veo lo veo borroso. Veo… veo una pistola. Fuera de la caja, abandonada por ahí. Puede que sea la pistola de Primo, o como se llame. No lo sé, me duele la cabeza… me estoy desmayando. Creo… que no me quedan ya cartas.
8 – Hellogoodbye
¡BANG! ¡BANG!
Me despiertan dos disparos, dos balas atravesando cristales. Todavía no tengo fuerzas para abrir los ojos, pero debe haber alguien por ahí. Lo que decida hacer ahora será la diferencia entre vivir y morir. No solo he de tomar una decisión correcta, sino que debo decidir hacer algo sencillo, que pueda hacer en este estado de semiinconsciencia en el que me encuentro. Luchar contra mi debilidad es una opción, pero quizás no una buena opción. Sin duda, esta situación solo tiene una posible solución, desesperada, pero la única con posibilidades de triunfar.
- Agua… agua.
- Vamos, bebe de esto. Intenta echar la cabeza hacia atrás y que no se te escape.
Aúno fuerzas para abrir los ojos. Encima mía, un agujero en mi presidio. Pequeño, pero esperanzador. Especialmente porque tras el agujero alguien sostiene una cantimplora de la cual, en el instante en el que la reconozco como tal, empieza a brotar un chorro de agua, que cae en mi boca y mi cara, despejándome y ayudándome a retrasar un poco la muerte, aunque siga sin ser suficiente.
La cantimplora se vacía y yo sigo con sed. Me fijo en el buen samaritano… me resulta familiar. Tiene una barba pobladísima que se confunde con su melena, simulando una especie de casco peludo.. Ante sus ojos lleva anteojos redondos.
- Hey, chaval. ¿Estás bien?
- Sinceramente, no.
- ¿Cómo te llamas?
- No lo sé.
- Oh, vaya… yo soy León. Bueno, escúchame bien, voy a buscar más agua, y algo de comida, vuelvo cuanto antes pueda.
León se marcha corriendo, dejándome otra vez solo. Tampoco es que fuese de más utilidad aquí que yendo a buscar víveres para mi subsistencia, ya tendré tiempo de preguntarle si sabe algo de lo que ocurre. Aunque, visto lo visto, lo dudo. ¿Quién sería ese León? ¿Otro amigo de Banhart y Primo? ¿O alguien más de por aquí, si realmente es cierto que aquí vive gente?
¿Y Matilda? Si ella avisó a León, ¿Por qué no está aquí? O quizás León apareció por casualidad, como todo el mundo, y Matilda sigue su camino en linea recta hacia alguna parte. Está empezando a caerme mal.
¡Los agujeros! Se me había olvidado que León hizo unos agujeros en la caja. Posiblemente con la pistola de Primo, que debe llevar días postrada en el suelo, desde el incidente. Lo que no entiendo es como seguía ahí si alguien limpió la sangre. Lo lógico hubiese sido que se la hubiesen llevado también. Sea como sea, eso me ha salvado la vida, al menos de momento, y no solo ha abierto cuatro pequeños huecos en la caja, sino que ha abierto cuatro pequeñas ventanas a la esperanza. Algo ya sabemos: el cristal se puede romper. Ya estaba empezando a pensar que no.
Si quedan balas en la pistola, podrían hacerse más huecos estratégicos en la caja, con cuidado de no dispararme a mi, e intentar golpear la caja en puntos débiles, para romperla. León parece saber manejar bien un arma: para abrirme un hueco para el agua, disparó en diagonal. La bala atravesó el techo y, sin darme, golpeó contra el suelo, rebotando y abriendo otro hueco en el lateral. El otro disparo atraviesa la caja de parte a parte, con un disparo perpendicular a la cara que ahora mismo me sirve de almohadón. Quizás cuando vuelva pueda pedirle que dispare unas cuantas veces más.
-¡Mira quién sigue en la caja!
Una voz que conozco se acerca en tono burlón. Es Banhart, siempre elegante con su traje y su porte. Mueve mucho la boca, hacia los lados.
-¿Han disparado a la caja y metido agua dentro? ¡Eso va contra las normas! ¡Es trampa! Las cosas no van así… ¡Pero bueno, se te perdona esta vez! Además, me tengo que ir.
El corto y evasivo discurso de Banhart me desconcierta. Si no tenía más que decir, podría no haberlo dicho. Yo no iba a perseguirlo para que me lo dijese.
- ¡Ah, y una cosa!
- ¿El qué, Banhart?
- León no volverá.
Y con esto, se marcha con su traje y su porte.
9 – Yo no te fallaré
“León no volverá”.
Esa es la frase con la que mi última visita acabó. No sé de qué podría Banhart conocer a León, pero la forma en que afirma que no volverá no es nada esperanzadora. De todos modos, no hay mucho que pueda hacer respecto de nada mientras estoy en la caja, y no hay nadie cerca. León y Matilda fueron a buscarme auxilio, pero su vuelta parece dudosa. Banhart… Banhart se divierte con esto. Y Primo… bueno, Primo perdió un dedo por intentar pegarme un tiro. Mi existencia aquí se reduce a esas cuatro personas y una caja.
Me apetece gritar:
- ¡AAH!
- ¿Qué te ocurre?
A mi izquierda, en cuclillas, una señorita joven, pero de aspecto maduro. Lleva un vestido veraniego de color blanco y gafas de sol grandes. Recoge su pelo rubio en una coleta muy elegante. Le respondo:
- ¿No lo ves? ¡Estoy atrapado en una caja, llevo días aquí y no soy capaz de salir! ¡No sé quien soy ni quien es nadie ni qué es nada! ¡Hay un tipo que quiere matarme y otro que quiere que muera! ¡Y además me estoy muriendo de hambre y sed, porque no hay forma de meter comida aquí dentro!
- No vas a pasar hambre.
- ¿Cómo que no voy a pasar hambre? ¿Por qué lo dices?
La señorita tiene un trozo de pan en la mano.
- Porque te traigo comida.
Extiende la mano lentamente, con cautela, hacia uno de los pequeños agujeros que León ha hecho en la caja. Mis ojos se abren como platos, pero por algún extraño motivo lo único que consigue es hacerse una herida en la parte anterior de la mano. Se queja por la herida, en la que me fijo mientras se agarra la muñeca, apoyando sus brazos contra su pecho, por instinto de autoprotección. La herida es bien extraña, es como un rascazo, o más bien tres rascazos. No parece un corte con cristal.
- Vaya herida más rara te has hecho. Es que no se puede meter comida en la caja, es simplemente imposible, por eso estoy condenado a morir.
La situación ha decepcionado a la señorita, aunque, la verdad, no sé muy bien qué pretendía. Se arrodilla a mi lado. Supongo que quiere quedarse un rato. No echaré de más un poquito de compañía.
- ¿Por qué te has encerrado en una caja?
- No lo sé, no sé como he llegado hasta aquí. Ya se lo he dicho, yo no sé nada.
- ¿Sientes que la gente te aparta?
- Bueno, de momento la gente aparece, se queda un rato y luego se marcha. La gente no quiere ayudarme. Todos me mienten. ¡Todos se aprovechan de mi confianza! No debería confiar en nadie.
- Eso no es así. Debes encontrar la gente en la que puedes confiar. Yo estoy aquí, e intentaré ayudarte. Intentaré sacarte de aquí. Te lo prometo. Te prometo que intentaré sacarte de aquí sea como sea.
- Solo espero que sea cierto.
- ¡Confía en mi!
- Ni siquiera sé tu nombre…
La señorita se muestra decepcionada otra vez.
- Matilda. Matilda Freire.
Matilda… otra vez matilda. La otra era Matilda Keine, esta es Matilda Freire. Si suena casi igual. Saber su nombre, contra todo pronóstico, no me aporta más confianza para con Matilda Freire.
- La última Matilda que conocí acabó por irse y no ayudarme en absoluto.
La cara de Matilda vuelve a mostrar decepción. Empiezo a pensar que debería hacer algo al respecto. Intento consolarla:
- Pero bueno, no puedes juzgar a nadie por casualidades. Ni por el nombre. Podrías haberme dicho cualquier otro nombre y serías la misma persona.
- ¿Y tu nombre? ¿Recuerdas tu nombre?
- No.
- Una lástima… tu nombre…
En ese mismo instante noto algo en el brazo. Se debió haber colado un bicho en la caja. Intento buscarlo.
- ¿Has visto un bicho entrar en la caja, Matilda?
- Ya se fue. No te preocupes, no va a pasar nada. Te voy a contar un secreto.
- ¿Qué?
- No vas a pasar hambre. No existe el hambre en este mundo. No existe la sed.
- ¡Pero si me siento hambriento y deshidratado! ¡La cabeza me duele y me he desmayado antes!
- Todo está en tu cabeza. Lo que sientes, lo que crees que es realidad, no lo es. Está en tu cabeza, no hay hambre, no hay sed, no…
¿Podría ser cierto esto? De ser así, todo mi dolor sería psicosomático. Creo estar muriéndome, y por eso me muero. Bueno, si me estoy muriendo, entonces lo mejor que puedo hacer es creer a Matilda. A Matilda Freire. Creerse algo tan raro sería algo más propio de la otra Matilda, pero supongo que es mi última alternativa.
Concéntrate.
No sientes dolor.
No sientes hambre.
Tus labios son húmedos.
Tu cabeza no duele.
La vida es cruel, pero larga.
La vida es cruel, pero larga.
La vida es cruel, pero larga.
- ¡Eh! ¿Me estás escuchando?
¿Matilda me ha estado hablando mientras pensaba?
- Sí. Sí, te estaba escuchando.
- Bien. Pues como te decía, volveré luego. Confía en la gente. Yo no te fallaré.
10 – La ley de la selva
Matilda Freire no era la primera persona en ofrecerme su amabilidad. Sin embargo, tenía algo distinto al resto de la gente que conozco. Quizás es por el pelo rubio: el resto, casualmente, tiene el pelo castaño. O quizás es porque parece que realmente ha hecho algo por mi. Ahora sé un poco más sobre esto. No lo entiendo, pero al parecer el hambre y la sed solo eran psicosomáticos. Ya hace un par de días desde la última vez que vi a Matilda Freire, y efectivamente no tengo ni hambre ni sed.
No sólo eso, sino que estos dos días he dormido bastante bien. Bueno, todo lo bien que se puede dormir en mi situación. Ya no sólo por el trauma que supone estar en un espacio que es a la vez claustrofóbico y agorafóbico, sino por el hecho de que en estos dos días no ha aparecido nadie. No me gusta pasar días sin hablar, en un completo silencio. No soy un loco, no voy a hablar si no tengo con quien.
Aunque parece que no por mucho. A lo lejos escucho pasos. Parece que tengo otro visitante.
- ¡Sigues vivo! ¡Cuánto lo siento! ¡Lo siento de veras, chico!
Se acerca hacia mi un hombre sin cabeza con una oveja sobre los hombros. León.
- ¡Ah, León!
León se para ante la caja, apoyando sus manos en ella. me examina. Parezco tener buena salud, para las circunstancias en las que estoy.
- ¡Tío, lo siento de veras! En cuanto volvía hacia aquí, me encontré con Bruno. No te fíes de el. Quiere que mueras, en la caja. No sé por qué. El caso es que me dio un puñetazo en toda la cara y me dejó en el suelo. Luego creo que me dio patadas en las costillas, porque me duele todo. Me desperté hace un rato y tenía miedo de que fuese demasiado tarde.
- Sigo vivo. Me contaron que el hambre no existe en este sitio. ¿No vives aquí? ¿No lo sabías?
- Es la primera noticia que tengo. Yo siempre he comido un poco de cuando en cuando. Hay que alimentarse, ¿no?
- Eso pensaba yo. Pero llevo dos días sin comer y me encuentro perfectamente.
- Extraño.
- Entonces… ¿Cómo llegaste hasta aquí la primera vez?
León mira a la esquina de la caja.
- ¿Te refieres a cuando hice estos agujeros?
- Ajá.
- Pasaba por aquí. Te vi desfallecido y lo primero que pensé es que te estabas ahogando. Luego vi que tenías mal aspecto y vacié mi cantimplora. Era mi deber.
- Eres la primera persona que intenta ayudarme simplemente por amabilidad.
- Bueno, por aquí no hay mucha gente, tampoco.
- ¿Qué es este sitio? ¿Hay algo más por allí o solo existe este vacío?
- ¿Eh? ¿No lo sabes?
- Bueno, lo primero que recuerdo de mi vida es despertarme en esta caja hace cosa de una semana. Así que… no.
- Ya veo… bueno, pues por allí hay casas. Y por allá, y por allí -señala en varias direcciones alrededor-. Y poco más hay que decir. Por allí la cosa está casi tan vacía como por aquí.
- Es un sitio muy raro…
- Puede. Pero es bastante relajado.
- Bueno, excepto cuando Banhart arranca dedos a balazos.
Se hace un silencio.
- ¿Banhart? … Ah… Bruno. Ese desgraciado.
- ¿Qué sabes de él?
- Que es un cabrón. Pero de los que piensan. Es… calculador. Incluso cuando está drogado, aunque eso es la mayor parte del tiempo. He oído que ahora vive con una chiquilla, bastante bobilla, y que la trata como un juguete. Se la tira cuando le place, la tiene de esclava en la casa, la manda a recados… lo que se le ocurra. Aprovecharse de la chiquilla no es lo peor que hace, pero… bueno, lo oí el otro día, me llamó la atención.
- ¿Matilda?
- Puede. El caso es que… en fin, no entiendo de qué va. No se si es que se divierte, o qué.
- Ya veo…
- Sí…
- Ay…
- Voy a quedarme aquí.
- ¿Eh?
León se sienta, apoyando su cabeza contra la caja.
- Voy a quedarme aquí. Junto a la caja. En mi casa no me espera nadie, no tengo nada que hacer. No tengo trabajo, y lo mejor que puedo hacer hoy por hoy de mi vida es intentar sacarte de ahí. Habrá que pensar cómo, peor mientras… no sé, puedo ayudarte si pasa algo.
- Ojalá todos fuesen como tú.
¡BANG!
León cae al suelo de lado, mostrando un círculo de sangre junto a su oreja. Más lejos, a su izquierda, un trozo de algo rojo y asqueroso en el suelo.
- Te dije que no volvería. Me ha dejado quedar como un mentiroso, el cacho imbécil.
Banhart, su traje, Primo y el traje de Primo llegan desde lejos. Banhart aún tiene el brazo en alto, sosteniendo, con una inclinación propia de un gángster de película, su pistola.
- No te alteres, chico de la caja. Sabes tan bien como yo que ese melenudo no podría sacarte de la caja.
11 – Trajes rojos. Bichos muertos
Banhart, su Primo, su cinismo y sus trajes habían matado a una de las únicas dos personas que quieren sacarme de la caja. El cadáver de León me mira a través de su gran melena, con una aterradora mirada que le hace preguntarse a uno qué ocurre tras la muerte. Quizás en ese eterno instante del cambio de vida a no vida ha visto las cosas más horribles que es capaz de visionar un ser humano en niveles infinitos de estrés. El inmenso dolor de la clásica bala en la cabeza, “porque me caías mal”. La injusticia por su mano.
-Tu sitio está en la caja, y el suyo en ninguna parte. Así son las cosas, porque yo las controlo.
Estoy harto de la falsa filosofía de Banhart.
-Tú no controlas nada. ¿Acaso, si controlases algo, tendrías que llevar una pistola contigo, y usarla cuando te plazca? ¿Llevarías contigo ese perro de presa al que tienes que mutilar constantemente cuando no obedece tus absurdos caprichos? Crees que tienes el control, pero estás hecho de mentiras. ¿Sabes qué controlas? A Matilda Keine. ¡Vaya un logro! La pobre niña se cree todo lo que le cuentes. La llevas donde quieras solo con pensarlo. También la controlaría yo, si quisiese, desde dentro de la caja. Controlas tanto como el “chico de la caja”. Porque estás hecho de mentiras y falsedades, con tu actitud de malote. Tu pistola y tu cara afeitada, de niño bonito con traje y pistola.
Primo levanta su mano izquierda, en la que tiene un cañón diferente del último que usó. Le tiemblan un poco los dedos, si dispara podría darme, o no.
Pero yo disparo primero.
-¿Y tú? ¿De qué estás hecho tú? Lo único que se de ti es que te gusta apuntar a la gente mientras gritas y pones caras feas. Aunque ahora no te he oído gritar. Dime… ¿Tienes miedo?
Banhart mira desconfiadamente a Primo. Cruza los brazos y levanta ligeramente la cabeza.
-¡MIEDO! ¿MIEDO, YO?
Antes de proseguir su respuesta, Primo coge aire e intenta calmarse. No lo consigue del todo.
- Oye… chaval. ¿Ves a ese capullo de ahí? Tenía adonde correr y ha muerto. ¿Crees que tú lo tienes más fácil? Podrías morir en cualquier momento, si yo quiero.
- Y tú serías el siguiente
- ¡No-me-in-te-rrum-pas! Si yo quiero, tú mueres. Se acaba todo. Durante una milésima de segundo, desearás estar muerto para que el dolor inmenso que sufrirás se desvanezca. Luego abriré la caja y coseré tu cadáver a hostias, lo cual ya haría si no fuese por el cristal. Y entonces y solo entonces, tu sueño se cumple. Como si nunca hubieses existido.
La verdad, morir no es algo que me apetece. Salir de la caja, pero para recibir una paliza y morir, no es sin duda un buen plan de futuro. Pero, aún así, alguien a quien apenas conocía acaba de morir. Apenas lo conocía, y ya sabía que era una persona atenta, respetable. Una buena persona, ciudadano del mundo concebido como una familia bajo el lema “estamos juntos en esto”, dando de comer al hambriento porque el hambriento debe comer. Para mi, era casi como un amigo de toda la vida. Si alguna vez tuve otra vida que no tuviese nada que ver con esto, seguro que tenía peores amigos a los que conocía de menos cantidad de tiempo, en proporción, que a León, quien ha muerto. Estoy harto, por eso la chulería.
- No hagas el ganso. A ti te controla el otro.
¡BAM!
¡BAM!
-¡Capullo!
Banhart había disparado a Primo en la mandíbula. Le sangra la boca, y está muy aturdido, tambaleándose. Esto parece no ser suficiente para Banhart, que salta hacia el y lo golpea varias veces, tirándolo al suelo, donde le propina unas violentas patadas.
¡BAM!
Un disparo en la entrepierna. Lentamente, cambia el ángulo del brazo, decidiéndose entre disparar a la cabeza o al corazón.
¡BAM!
Disparo en el vientre. Dicen que eso duele, aunque claro, todos los disparos duelen. A todo esto, ahora soy consciente de que a mi no me ha dado nadie. Banhart sigue con su numerito.
¡BAM!
¡BAM!
Primero el corazón, y luego la cabeza. No sería descabellado afirmar que Primo está bien muerto.
-Esto es lo que obtienes cuando te metes con nosotros.
A mi no me ha asustado. O quizá sí. No importa.
-Muy bien. Has matado a tu perrito faldero. Por protegerme. ¡Así podré oír tus psicóticos cinismos eternamente!
-No lo entiendes. Cuando lo entiendas, todo tendrá sentido. Tu sitio está en la caja, ya te lo he dicho. Vivo y en la caja.
-Claro que no lo entiendo, ¡si todavía no sé nada! ¿Por qué no me lo cuentas, Bruno?
Los ojos de Banhart se encienden. Levanta la pistola.
¡BAM!
¡Aaaaaaaaaaaaaaaah!
Duele mucho. Mi mano… me ha cortado un dedo…
-Banhart. Mi nombre es BANHART. Nadie me llama ya Bruno. León ha muerto. Esa era la última.
Sin duda, esta es la mayor sensación que he tenido, y con suerte, la mayor que jamás tendré.
Se oyen tacones. Una voz femenina se dispone a hablar.
-¡Oh, mierda! ¡Joder! ¡Joder! ¿Quien te ha dado eso? ¡¿Cómo se supone que ha cogido eso?! ¿Es que nadie aquí tiene cerebro en la cabeza? ¡Rápido, ven!
Quizás por el desangramiento me estoy empezando a marear. Lo que ocurrirá a continuación es un misterio. Alea jacta est.
12 – No te fíes de alguien que viste de blanco
Me despierto. No sé cuanto tiempo ha pasado desde que Banhart me arrancó un dedo de un balazo. Me miro mi mano. Cinco dedos. Cero muñones. Cero cicatrices. Busco en la otra. Cinco dedos. Cero muñones. Una cicatriz. No la siento. No soy capaz de mover ese dedo en condiciones, pero no me duele. Quizás tira un poco. Me siento raro.
Ante mi, un sofá blanco como la buena leche, donde se sienta un muchacho de pelo negro. No se parece en nada a nadie que haya visto desde que tengo memoria (lo cual tampoco es decir mucho). Está cabizbajo, pensativo. Parece triste.
-¿Hola?
El muchacho alza su mirada rápidamente. Sus ojos están abiertos como platos, su expresión es de sorpresa e incertidumbre. Me gustaría saber qué le preocupa.
-¡Por fin… has… despertado!
-Sí… jamás me acostumbraré a perder el conocimiento. Como si uno no pudiese sangrar un poco… ¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?
-Cinco días. Dicen que te has cortado un dedo.
-¡No he sido yo! ¡Banhart me ha pegado un tiro en el dedo! ¡Ese cabrón!
-Un tiro… entiendo…
El muchacho muestra un gesto de decepción, que me recuerda a algunas muecas de Matilda Freire.
-Creeme… eh… ¿Cómo te llamas tú?
-¿No te acuerdas de mi?
-¡¿Se supone que debería?! ¡Por favor, si sabes cosas de mi, dímelas porque las he olvidado todas!
- Claro que sé cosas de ti. Soy Dani. Soy amigo tuyo desde hace mucho tiempo… pero… me dijeron que no podía contarte nada, que no te era bueno. Tienes que hacer un esfuerzo por ti mismo.
- Joder, Dani. Espero que esto que dices tenga algún sentido… Mira, sólo te pido que me saques de esta caja. Por favor.
- La caja… ¡la caja!… No puedo. Solo tú puedes.
- Al menos dime quienes son los que te dijeron que no podías ayudarme.
Dani mira hacia otro lado.
- ¡Dime mi nombre aunque sea
- …
- ¡Si eres amigo mío dime qué es lo que ocurre!
- No es tan fácil, tío… es difícil de entender, si estás en una… caja.
Me levanto con furia, abro los brazos. Mi gesto es amenazante, de ira. Grito.
- ¡Pero dime qué es lo que está pasando aquí, te lo suplico! ¡Si eres amigo mio, lo que te digan no importa!
Dani está muy tenso. Me he pasado. Le lloran los ojos y se marcha despacio.
- Dani…
Mira hacia atrás y sigue su camino.
Poco a poco la imagen de Dani se desvanece. En este tiempo, Matilda Freire ha debido infiltrarse en el sofá sin ser vista, porque está sentada ahí, atónita hacia mi.
Pero eso es lo de menos, porque me acabo de dar cuenta de algo.
- ¡Eh!
Estoy de pie.
- ¡Mi caja es más grande! Puedo estar de pie. ¿Cómo ha ocurrido esto?
Matilda anota algo en una hoja de papel.
- Realmente no tengo ni idea. Antes, ni siquiera podías moverte bien, ¿verdad?
- No… ahora tampoco puedo echarme hacia atrás demasiado…
- Uy…
- Aunque… me duelen las piernas.
- Normal. Has estado semanas tumbado. Estar de pie debe ser difícil ahora. Lo que tienes que hacer es poco a poco mover las piernas, intentar hacer ejercicio, ¿me entiendes bien?
-Perfectamente.
- Parece que estás progresando bastante…
- Sí, esto es una mejora.
- ¡Ah! Te hemos recolocado el dedo. ¿Cómo te hiciste eso?
- Un disparo… eh… un momento… ¿Cómo me lo habeis recolocado? ¿Me habeis sacado de la caja? ¿Tú y quien más? ¿Qué ocurre aquí? ¿QUÉ OCURRE?
Pataleo y me enfurezco. Matila Freire me está engañando. No me puedo fiar de nadie. Eso está claro. Los buenos mueren y los malos se muestran. Siempre es así. Ironías de la vida, que los mentirosos son los que siguen adelante, siempre.
…
Matilda Freire se ha ido.
Voy a sentarme.
¿Están haciendo experimentos conmigo, o qué?
Ya no entiendo nada.
Esto es de locos.
En el sitio del (por alguna razón por determinar) desaparecido sofá hay un muchacho alto, de pelo castaño. Flaco. Está cabizbajo, pensativo. Parece triste.
13 – La Gran Nada
- ¿Hola?
El muchacho, sentado en el suelo, hecho un ovillo agarrándose las rodillas, reacciona muy lentamente a mi saludo. Gira su agachada cabeza hacia mi, y la devuelve a su posición original. Se dispone a responder, sin mirarme.
- Hola…
- ¿Quien eres?
Como ya me ha visto una vez, no necesita moverse para responder.
- Gabriel.
- ¿Estás bien?
- No mejor que tú.
- Bueno, yo estoy encerrado en una caja de cristal, sin memoria, ni amigos. Desde que recuerdo mi existencia, sólo he visto traición, ira y sangre. ¿De qué te quejas tú?
- De nada.
- Es muy… completo.
- De que no ocurre nada. Todo lo que recuerdo yo es el vacío. Años y años desperdiciados en la Gran Nada, viendo como la frustración es lo único que me hace sentir algo. Todo lo que me he propuesto ha muerto. Pensé que apuntando más bajo conseguiría escalar poco a poco, pero cuanto más cerca está el blanco más frustrante es fallar. No tengo mucho que contar, salvo años y años de nada.
- Siento decirte que no me siento muy compasivo en estos momentos.
- No busco tu compasión. Busco soluciones.
- ¿A qué problemas?
- ¡A lo que te acabo de decir! ¿Eres sordo?
- ¡Oye, relájate un poco, Gabriel!
- ¡No quiero!
- ¡Eres un egoísta! ¡Ególatra! ¡Ni siquiera me has preguntado mi nombre!
- ¿Y cual es?
- ¡No lo sé! ¡Cállate!
Quizás me he pasado con Gabriel. Pero yo estoy muy tenso. Estoy sólo y encerrado. Eso son problemas, y no… no las chorradas de este personaje. Si hubiese vivido lo que yo, lo entendería. Sentir la cercanía de la muerte en una vida patéticamente corta. Los dedos ensangrentados volando, todos los estallidos, los cristales rotos, los desvanecimientos. Las sensaciones raras, las traiciones. La desesperación.
Bueno, quizás Gabriel sí ha vivido la desesperación. Creo que la está viviendo ahora mismo. De hecho, mis gritos le han hecho llorar. Una persona psicológicamente sana no debería reaccionar así.
Ahora me siento mal yo.
- Perdona, estoy muy alterado y…
- ¡Tienes toda la PUTA RAZÓN!
Ahora me mira por segunda vez. Realmente lo está pasando mal.
- ¡TODA LA PUTA RAZÓN! Toda mi puta vida he pensado en mi mismo, porque alguien tenía que hacerlo. Además, no tenía a nadie más en quien mereciese la pena pensar. He intentado llevar otra vida, pero es un sueño roto como los demás. Y no hay forma de que esto deje de ocurrir.
- Yo también actúo así. Claro que desde la caja no puedo hacer mucho por nadie. Soy el protagonista espectador de mi vida.
- Yo… yo también. Supongo que tenemos bastante en común.
- Algo, por lo menos. La diferencia es que yo intento salir de esta caja. Sé que fuera de la caja podré hacer todo lo que quiera. Buscarme la vida, conocer gente valiosa. Estar donde estás tu, pero con ganas de comerme el mundo. De hecho, tu y yo no tenemos nada en común.
Le han decepcionado mis palabras. Se siente. Estoy alterado y borde. Y por alguna razón me siento algo cínico.
Una escena que se ha repetido muchas veces: pasos a lo lejos. Alguien viene. Es Matilda Keine, la desaparecida.
Gabriel está muy nervioso. Quizás tiene más problemas que los que dice tener.
Matilda llega.
- ¡Hola, chico de la caja! ¡Hola, Gabriel!
Gabriel se gira en un gesto desesperado, hacia Matilda, estirando su brazo, con el puño cerrado alrededor del mango de un afilado y ancho cuchillo de carnicero.
- ¡Matilda! ¡Si me quieres, mátame! ¡Mátame con esto!
14 – No
- No
“No”. “No” es una de las palabras más comunes del habla humana, en unos y otros idiomas con sus respectivas traducciones. Apuesto – no, estoy casi seguro – que en todos los idiomas existe un “no”. “No” es una palabra potente, de superioridad y decisión. “No” significa que tú has propuesto algo y yo me opongo. Quieres que me someta a tus deseos, pero “no” lo voy a hacer. Significa que he pensado una alternativa, que aunque se trate de la inacción, es mucho mejor que la tuya.
Decisión, dominancia, oposición. Desde luego, esta no es la mejor descripción que me he podido formar de Matilda Keine. La persona más tipificada que conozco. Ella nunca diría que no a una orden, salvo que la orden fuese decir “no”.
Resulta raro aunque la orden fuese “mátame”. Sin embargo esa fue la respuesta. “Si me quieres, mátame” – “No.” Simple y llanamente. Tajante, liso y afilado.
Claro que también cabe la posibilidad de que Matilda no quiera a Gabriel, y entonces sería técnicamente correcto. Pero, hasta un triste como Gabriel, sin confianza ni posibilidades, tiene los suficientes dedos de frente (dos como mínimo) para darse cuenta de que para que Matilda quiera solo habría que… ¿pedírselo?
Gabriel rompe a llorar. Decae y deja caer el cuchillo en el suelo, produciendo un sonido metálico y sorprendentemente relajante. Matilda se conmociona con ello. Se acerca y lo abraza. Yo no sé como sentirme. Matilda parece distinta con Gabriel, o quizás las continuas muertes la están haciendo madurar. En todo caso, se los ve unidos. Ambos están ausentes de la realidad, una realidad ante la que se rinden, cada uno a su forma. Son buena gente, pero quizás deban replantearse esa postura.
Siento ganas de decir algo. Supongo que si estuviese fuera de la caja le daría a Gabriel una palmada de compasión en la espalda y mantendría la boca cerrada.
- Gabi… no te rindas.
No sé si eso ha sonado a palmada en la espalda, pero ha hecho que me sintiese menos tenso. Gabriel sí que tiene problemas. Ahora es cuando lo entiendo. Ciertamente cuando uno llama a la puerta de la muerte, definitivamente tiene un problema. Es la soledad. La soledad es el peor de los problemas, puesto que se muestra como ausencia y no como presencia. Por ejemplo, mi problema es la caja, es Banhart, es Matilda Freire. Mis problemas tienen nombre. Los puedo ver, o tocar, o hablar con ellos. Los puedo odiar y repudiar a la cara. Gabriel solo está consigo mismo. No tiene a quien quejarse, su problema es que por mucho que se quiera, que tampoco, no se basta consigo mismo. A todo el mundo le pasa, y por eso buscamos apoyo en los demás, hacemos cosas, forzamos la situación.
Pero por una razón u otra, a Gabriel no le pasa esto.
A mi me pasan cosas que no pido. Estoy en la caja y es la gente la que viene a curiosear. Curiosear o intentar matarme, lo que se tercie. Apenas conozco a Gabriel de hace unos minutos, así que tampoco sabría explicar nada más.
Pero este sitio tan raro…
Fuera de la caja no parece que se esté a salvo. Tan negro, oscuro, vacío.
Fuera de la caja hay otra caja más grande. Igual que yo antes estaba en una caja más pequeña, y este inexplicable cambio de caja no supuso más cambio que el poder estar de pie. Aunque me duelen las piernas.
Y Gabriel vive en esa caja más que cualquiera del resto, vivos y muertos.
Pobre Gabriel.
…
Matilda y Gabriel se han ido. No estoy seguro de si dijeron adiós.
Esta escena me ha dejado muy mal cuerpo. Espero que Gabriel esté bien. A ver si Matilda vuelve y hablo con ella. Además, hace mucho que no hablo con ella, y posiblemente sea la única persona que queda por defraudarme. Hay que darle una oportunidad (oportunidad para que me defraude). Además, tengo que pedirle disculpas, porque estaba excediéndome con ella. Prácticamente la estaba llamando puta. Me cuesta entender la remesa de personajes que han aparecido ante mi desde que soy un recién nacido de sabe-dios-que-edad, atrapado y confuso.
Tengo que prestarle más atención a la gente que me rodea.
A veces pienso que soy un monstruo. Como banhart, pero desarmado.
Llueve.
15 – Reflexión y refracción
La lluvia caía a borbotones. La había olvidado, junto con todo lo demás. Esta sensación tranquilizadora, los cristales salpicados, el chap chap chap de las gotitas cayendo rítmicamente. Es relajante, como la música. Solía escuchar música en mi vida anterior, pero me he olvidado de toda. Desde que recuerdo, la única musica que he escuchado son gritos, disparos, cristales rotos. Esto es otra cosa. Es dulce y cristalino. Golpea contra el suelo, contra el cristal y contra más agua. Es una orquesta.
La verdad, me sorprende el hecho de que llueva en un sitio como este. Un escenario que parece confeccionado con papel charol negro hasta donde alcanza la vista, donde la luz existe pero no viene de ningún sitio. Y ahora resulta que hay nubes encima del negro, o eso me tengo que creer.
Noto como en la orquesta que la casualidad ha montado para mi un ruido se apaga en favor de otro. Más chap chap chap y menos tap tap tap. Para mi sorpresa, noto que la caja se mueve ligeramente. Está flotando. El nivel del agua sube. Vaya un cliché. Por lo menos noto sensación de movimiento, y eso es de agradecer. Intento empujar la caja para ver si consigo navegar y llegar a algún lado. Cuesta bastante, pero algo se mueve. Aún así no es suficiente para llegar a ningún sitio.
-Hola.
Tras de mi, una mujer rubia con gafas de sol, un vestido blanco, todos ellos empapados. Especialmente el vestido, ya que el nivel del agua, que parece no seguir subiendo, le llega a la altura del pecho. Es Matilda Freire. Si no estuviese sumergido, el vestido estaría pegado a su piel, posiblemente transparentandose.
Pero tampoco quiero quedarme mirándola mucho tiempo. No me apetece hablar con ella. No quiero contestarle.
- Se ve bien la lluvia desde allá arriba, ¿eh?
Se ve. Emito un gruñido. En el fondo no quería.
- ¿No quieres hablar?
No, no quiero. Márchate si quieres. O puedes seguir hablando, pero no creas que te voy a contestar.
- ¿Estás enfadado conmigo?
Si, lo estoy. Me ocultas cosas. Eres capaz de sacarme de la caja y no lo haces.
- Verás, las cosas no son fáciles de explicar…
Me dijiste que no me ibas a fallar. Pensé que eso significaba confianza. ¿Cómo voy a confiar en ti si me ocultas cosas altamente importantes?
- Te dije que no te iba a fallar y lo vuelvo a repetir.
- …
- Has de entender que desde tu posición las cosas son distintas. Aislado como estás, la forma de que puedas salir al exterior, aunque parezca paradójico, es aislarte de algunas otras cosas.
- No es paradójico. ¡Es que no tiene sentido!
- Lo tiene. Algún día, cuando salgas ahí afuera, me darás las gracias y me dirás que tenía la razón todo el tiempo.
- ¿y por qué no me sacáis de la caja directamente, tú y tus misteriosos compañeros cosedores de dedos?
- Ahí es donde te equivocas. Nosotros sólo podemos sacar tu cuerpo de la caja, y además momentáneamente. No solo tu cuerpo está encerrado. Si no no tendría sentido. Has perdido toda tu memoria y no puedes salir hasta que recuerdes más cosas. Y no puedo decírtelas, si no no las recuerdas. Las crees porque yo te lo digo. No creo que quieras eso, y menos si estás enfadado conmigo.
-Perdón.
-¿Eh?
-Perdón. No debí haberme enfadado. No sé. Esto es muy duro, ¿sabes? Estar en una caja. Y de repente nada cuadra. Todos mueren, me disparan en un dedo…
- …disparan…
- …ehm, si, disparan, y parece que la gente se pone de acuerdo para fastidiarme, hacer leña del árbol caído. Y ya no sé quien puedo haberlo talado.
- Yo creo que lo sé, pero como te he dicho antes, no lo puedes saber.
- Estoy harto de tanto secretismo.
- A veces me cuesta entender lo que te pasa por la cabeza. Y me da rabia no poder ayudarte mejor.
Supongo que esta es una especie de reconciliación. En el fondo, sé que perder a alguien en mi situación es un lujo. Un lujo que ya he vivido demasiado. Y mejor Matilda Freire, traidora o no, que nadie.
- ¿No estás un poco incómoda ahí mojándote bajo el agua? Seguro que apenas te puedes mover. Y cuando salgas tu vestido pesará el doble que tú, de tanta agua que llevan.
- ¡Je je je! ¡No hay problema, hombre! Nado muy bien.
- Oh.
Se hace una pausa. Lo siento, no sé qué más comentar.
- Y… ¿Te sientes muy solo en la caja?
- Bueno… a veces se pasa gente por aquí pero no suelo sacar nada bueno así que tampoco me gusta demasiado. Así que… bastante, supongo.
- ¿Quién te visita?
- Gente… no sé. Antes estuvieron Gabriel y Matilda, Matilda Keine, por aquí. No sé cuando se fueron.
- ¡Matilda Keine!
- ¿La conoces?
- En realidad no. Pero su nombre suena casi igual que el mío.
- Ya…
- Si… eh… ¿tienes hora?
- No, no tengo reloj. Eso es un lujo.
- Ajá. Bueno, por suerte creo que yo sí…
Tiene un reloj de muñeca. No entiendo lo que hace.
- ¡Vaya!, se me hace bastante tarde. Tengo que marcharme. Lo siento. Cuídate, por favor.
Se va caminando. Por el agua. Va a una velocidad normal. Ante la lógica, o ella no existe, o el agua no existe, o pasa algo muy raro.
Una vez la visión de Matilda Freire se difumina entre el agua, el nivel sigue subiendo un poco. La caja se hunde y se queda totalmente rodeada, flotando. Es bastante espectacular, aunque al cabo de un tiempo el aburrimiento y el cansancio pueden conmigo.
Más arriba, la lluvia me canta una nana.
Me duermo.
16 – El señor de Cheshire
- ¡Au!
Me despierto tras caerme. Me doy cuenta de que la caja se ha hundido hasta el fondo, volviendo a su posición original. Pero eso no es lo único que ha cambiado en la caja. Es más ancha. Ha dejado de ser una caja para convertirse en una especie de habitación de cristal. Me siento como una serpiente de un zoo… lo cual es bueno. Sigo siendo prisionero, pero prisionero con hábitat. Puede incluso estarse a gusto aquí.
¿A quién quiero engañar? Sigue siendo lo mismo. Pero por lo menos… ¡puedo correr un poco!
Intento moverme por la habitación. Me cuesta un poco al principio, pero no me duele tanto como la primera vez que me puse de pie, al menos al principio. Poco a poco, descubro que aún no estoy listo para corretear. Ahora sí: me duelen las piernas. Me siento junto a la pared y recupero fuerzas. Estiro las piernas. No ha sido casi nada, pero poder hacer ejercicio me sienta muy bien. Uno se siente libre corriendo aunque sólo pueda correr en círculos. Estoy deseando recuperarme y dar más vueltas. Y luego, quizás, correr y lanzarme contra la pared de cristal. Lanzarme bien fuerte, con los pies o la cabeza. Con la carrerilla, quizás la rompa. Sí.
¡Me siento tan capaz!
Pero antes tengo que reponer fuerzas. Caminar un poco y esperar unos días a que mi cuerpo funcione del todo. Además, si no baja el nivel del agua, no podré romper el cristal. No debe tardar mucho, porque ha dejado de llover.
Me echo una siesta. Cuando me despierto, varias horas después, probablemente, el agua se ha ido y, además, me siento descansado. Venga, otra carrerilla más. Voy a intentar darme contra la caja, sólo por si acaso. A distancia… y un sprint. Corro, salto, y…
-¡Aah! ¡Au!
Era de esperar. Bueno, no pasa nada. A descansar, que me duele el cuerpo. me apetece gritar de júbilo
- ¡Wuu!
Alguien se acerca a la caja, es negro y calvo. Viste de verde. Además es un negro muy oscuro, lo que hace que casi no se le vea, y más bien parezca que su ropa verde flote en el aire, junto con su sonrisa, blanca como la nieve. Parece el gato de Cheshire.
No lo había visto antes, pero el caso es que me suena su cara.
- ¡Eh! ¿Va todo bien por ahí?
- Sí, sí. – aún estoy cogiendo aliento – Estaba probando una cosa.
- Eso está bien.
- ¡Oye! ¿No sabrás cómo salir de aquí, verdad?
- Siento decirte que no puedo ayudarte con eso. Pero me alegro de verte de buen humor, Pablo. Venga, me voy, que tengo cosas que hacer.
El señor Cheshire se va a paso ligero. Estoy atónito… pero, ¿por qué? … “me alegro… de verte de buen humor…
- ¡Pablo! ¡Pablo! ¡Soy Pablo! “Pablo”. Ese es mi nombre. “Pablo”.
Hoy es un buen día, sin duda. Llevo aquí… ¿Meses? No sé cuanto tiempo, pero sin duda muchos días y muchas semanas. Sin saber nada que me uniese a la persona que solía ser antes de ser quien conozco. Y ahí lo tienes:
- Me llamo Pablo.
No me canso de repetirlo una y otra vez
-¡Pablo!
Como si estuviese compensando a todos aquellos que rehusaron decir mi nombre por no saber o no querer.
Por no querer.
¿Quién no quiso decirme mi nombre? … Dani. Dani me conocía desde antes de estar en la caja. Le he hecho llorar, atosigándolo, preguntándole cosas sobre mi, diciendo que no era un buen amigo por no contarme nada. Ni mi nombre siquiera.
Y su respuesta fue que no me lo decía por mi bien. Esto me da miedo. Si Dani tenía razón, es posible que ahora me pase algo malo. No sé que puede ser. Todo el mundo sabe su nombre y nunca es un problema, excepto si tienes un nombre extravagante o vergonzoso. Pero yo me llamo Pablo…
- ¡Pablo! ¡Me llamo Pablo!
Un chico de pelo castaño, bien afeitado y traje negro impecable me mira con altanería desde detrás de una de las paredes de la caja.
- Banhart. Bruno. Bernard. Maldito cabronazo.
- Pablo, eres un maleducado. Y un loco, si sigues repitiendo tu nombre una y otra vez como si no supieses más palabras. Mirame a mi. Mi nombre no importa. Tú mismo acabas de llamarme por cuatro nombres distintos que cuatro personas distintas utilizaban para referirse a mi. Y ¿sabes qué? Ninguno de esos es mi verdadero nombre. Nadie lo sabe. A efectos… es como si no tuviese nombre. Igual que tú hasta que a alguien se le escapó. Probablemente se te escapase a ti.
- ¿Qué haces aquí?
- Bueno, ¿Te han contado que no deberías saber tu nombre?
- ¡Al grano!
- Sólo estoy aquí para charlar. No me apetece quitarle la vida a nadie hoy.
17 – Cómo derribar un muro con migas de pan
- Y bien. ¿De qué quieres hablar?
Banhart hace una pausa antes de contestar. Su mirada desprende un aire de orgullo y autoconfianza que no me gusta nada. Puede que esté fumado, también. Pero de Banhart cualquiera adivina nada. Tan pronto se pone filosófico como carnicero, sádico o mezquino.
- Ya te lo he dicho. De tu nombre. Pablo. ¿Sabes qué significa el nombre Pablo?
- Curiosamente, no había oído esa palabra hasta hace diez minutos…
- ¡Pablo! Eres “el pequeño”. El “humilde”. Una migaja de pan en la cornucopia. Eso es lo que significa tu nombre.
Banhart pasea de un lado a otro mientras habla y escucha, como si llevase mucho tiempo preparándose esta conversación.
- Vaya, no parece un nombre muy amable.
Apenas me da tiempo a acabar la frase cuando interrumpe Banhart.
- Ahora bien, la gran pregunta es: ¿Por qué ellos no quieren que sepas tu nombre?
- ¿Con ellos te refieres a Matilda Freire y Dani?
- Con ellos me refiero a todos los que no son… yo.
- ¿Todo el mundo sabe mi…
- ¡Todo el mundo sabe todo sobre ti! … Incluso tú sabes cosas que no quieres saber, aunque quieras preguntarlas. Y el resto del mundo no está por la labor de responderlas. Yo, sin embargo, estaría encantado de relatarte todo con detalle.
- Cuéntamelo todo.
- ¡PERO! Muy a mi pesar, eso no es posible.
- ¿No es posible?
- Pas de rien.
- … por… qué?
Banhart me mira con otra de sus mil miradas de superioridad. Esta consistía en inclinar levemente la cabeza, a la vez que baja la ceja que quedó más arriba y sube la ceja que había quedado más abajo tras la inclinación. Es una mirada diseñada para hacerme sentir culpable por lo que acabo de decir, a través de una falsa incredulidad.
- ¿Acaso no has escuchado nada de lo que te acabo de decir?
Como un gallo por el corral, se sienta contra mi caja y saca su zippo, con el que enciende un porro. Mientras se lo fuma, me da la espalda y no me dice nada. Yo tampoco sé que decirle. Ni siquiera sé por donde empezar para unir las piezas de un puzzle que no tengo. Vuelve su cabeza hacia mí.
- Los muros se pueden derribar de un golpe o ladrillo a ladrillo. Si escoges la segunda forma, algún ladrillo tendrá que ser el primero, el que te abra espacio para quitar otros que estén debajo de él. Tu nombre… sólo es un pequeño ladrillo que te separaba de la verdad.
Y quedando esto sentenciado, regresa su cabeza hacia el frente, hacia el humo. Me toca. No necesito decir nada, sólo caer en su trampa y pensar en qué me ha dicho. Yo creo que está claro, todos me ocultan algo. Algo que es horrible. Algo que tuve que olvidar, junto con todas las pistas que me pudiesen llevar a ello. Mi nombre es una de esas pistas…
…todo el mundo me oculta algo.
Esta afirmación no es muy positiva que digamos.
- Antes te había dicho que no venía con la intención de quitarle la vida a nadie. Bueno, no hace falta que te recuerde que soy un cerdo mentiroso, que por algo tengo un nombre por cada persona que me conoce.
Esta frase hizo que me estremeciese. Me preparo para lo peor. Desde tan cerca, tan sereno, si dispara soy definitivamente un hombre muerto. Debo estar atento a sus movimientos. Miro hacia donde estaba sentado.
No está. En su lugar está la colilla del porro. Miro a mi alrededor. No está en ninguna parte.
Se ha ido.
18 – La trágica muerte de Pablo
¿Qué podría haber ocurrido que me llevase a olvidar hasta mi nombre?
Esa es la gran duda que me corroe ahora mismo. Tuvo que ser algo muy horrible. Algo… algo por lo que mereciese ser castigado. Seguro que hice algo de lo que hasta yo mismo me espanté, y yo mismo me encerré en esta caja de cristal, sin posibilidad de salir hasta el momento de mi muerte.
He matado a alguien. Posiblemente a varias personas, o quizás a una sola, pero muy importante para mi. Tuvo que ser eso. No se me ocurre nada peor.
Posiblemente soy una persona horrible, comparable al cínico Banhart.
Me acurruco en una esquina de la caja, agarrando mis rodillas, valorando la gravedad de las acusaciones – no, especulaciones – que yo mismo me he planteado. Asesino. ¿Y si es cierto? La verdad es que la premisa del suceso grave parece tener sentido. El resto quizás no tanto. Quizás deba olvidarme de teorías y partir de lo que sé con certeza. Ahora, en vez de sacar los demás ladrillos con las manos desnudas, utilizaré el ladrillo que ya tengo.
¿Pero, realmente quiero ver lo que hay al otro lado del muro?
La sola plausibilidad del hecho de que haya matado a alguien me pone de los nervios. No sé si quiero saber una cosa así. Tampoco me apetece no saberla.
Noto que detrás de mi, mi sombra respira. Me giro y veo que de forma bellamente simétrica, un chico de pelo castaño estaba acurrucado contra la esquina exterior correspondiente a la esquina interior donde estaba yo.
- ¿Cuánto tiempo llevas ahí, Gabriel?
Ni se gira para responder.
- No lo sé.
Decido volver a mi posición de antes, recomponiendo la simetría de la que no era consciente.
- Ya veo… ¿Estás más calmado?
- Sí… puede. Estaba un poco estresado…
- ¡El estrés puede ser muy malo!
- Efectivamente.
No sé ni lo que digo. No sé ni lo que decir.
- ¿Sabías…? ¿Sabías que mi nombre es Pablo?
- Eso me contaron. Se supone que no puedes saberlo. ¿Quién se chivó?
- No sé. Un señor que no conocía.
- Ah… ¿Sabes? Una vez tuve un amigo que se llamaba como tú.
- ¿No seré yo, verdad?
- Lo dudo, ya que Pablo está muerto. ¿Tú estás muerto?
- La verdad eso tendría más sentido que mis teorías de qué es este sitio.
No sé si hacer bromas era muy apropiado.
- Bueno, si tú estás muerto, yo también lo estoy, porque estoy contigo.
- …
- ¿Recuerdas que antes te dije que no había ocurrido nada en mi vida?
- Sí.
- Bueno, pues en realidad sí que ocurrió una cosa.
- La muerte de Pablo.
- La muerte de Pablo.
- ¿Cómo fue?
- Fue en un accidente de autobús. Un derrape y un choque tremendo. Todo empezó a arder. Fue horripilante. Y yo lo presencié.
- ¡Lo viste! ¡Con tu mejor amigo dentro!
- Bueno, no era mi mejor amigo. Un conocido, una amistad. Nadie a quien me hubiese llevado a una isla desierta antes que a otros. Pero le apreciaba igual.
- Claro.
- El caso es que vi cómo salió disparado y parte del autobús le aplastaba. Se desvaneció delante de mi antes de que llegase nadie capaz de auxiliarlo.
- Tuvo que ser traumático.
- Lo fue. Y lo sigue siendo. Aquello me marcó. Que conste, que yo siempre he sido más o menos como soy ahora. Pero cuando pienso en aquel día, aún me entran escalofríos.
- Gabriel, ¿Por qué me cuentas esto?
- ¿Tiene todo que tener un motivo? Sólo es una historia, supongo que no tiene que ver con nada. Me apeteció contártela cuando me hablaste de tu nombre, que es el mismo que tenía Pablo, es decir, Pablo.
- Ay…
- ¿Uh…?
- Hmmm, nada. Es que ya estaba yo dándole vueltas a una cosa, y ahora tengo la cabeza hecha un lío.
- ¿Te he molestado?
Gabriel hace ademán de levantarse.
- No, no es eso…
- Creo que quizás es mejor que me vaya.
- No, de verdad, Gabriel, no es cosa tuya.
No quiere hacerme caso. Ya está de pie y adelantando su pierna izquierda para iniciar su camino.
- Hasta luego.
- Eh… adiós…
Ya estaba demasiado lejos como para que oyese cómo me despedía. No sé como tratar con este muchacho.
En realidad apenas sé cómo tratar con nadie, pero con Gabriel en especial.
Lo cierto es que su historia me inquieta. Ahora dudo de si maté a alguien o si el muerto soy yo – o simplemente el amigo de Gabriel no tiene nada que ver conmigo. Pablo es un nombre muy común, aunque es curioso que diga algo así sobre un nombre que he oído hoy por primera vez. El primero en ocultarme las cosas soy yo. Lo tendré en cuenta cuando le pregunte a la gente. No iré a la ofensiva. No es justo, cuando yo soy el primero que está en contra mía.
En contra mía, tanto por ocultarme la verdad como por querer saberla.
Necesito tumbarme y pensar.
19 – Niño A
Bajo unos peldaños poco a poco. A pesar de que no deben de tener más de veinte centímetros de altura, mis pies se balancean y caen con tanta fuerza que parece que estoy saltando un altura de metros. Sobre mi omóplato derecho hay una mano que camina conmigo, o más bien me guía empujando hacia delante, evitando que en vez de bajar, suba.
En realidad eso es lo que quiero hacer. Subir. Arriba se estaba mejor. El piso de abajo me recuerda a un lugar escandaloso lleno de gente a la que no me apetece ver. Lo siento, pero esa es la verdad. El piso de arriba no es el cielo, pero en mi habitación puedo tumbarme en el suelo y poner como banda sonora el segundero, durante horas. Es muy relajante.
Pero la mano que me guía me obliga a bajar. Estoy demasiado flaco como para contrariar sus deseos. Si intento escaparme, acabará atrapándome o en todo caso se producirá una situación violenta. Eso es justo lo contrario de lo que quiero así que, con desgana, camino. Levanto mi pie izquierdo suavemente y lo adelanto, bajando un poco mi cuerpo anticipándome a la diferencia de altura a la que voy a someterlo. A continuación repito el proceso para la pierna derecha. Lo hago lentamente porque no quiero hacerlo. Miro la mano opresora. Parece la mano de un chico de no demasiada edad. Tiene la misma edad que yo, aunque su piel es más oscura. Es irónico, porque no siempre ha sido así y recuerdo perfectamente cuando le decía que parecía un enfermo de lo pálido que era. Ahora ha cogido color, pero yo también he palidecido un poco.
Giro la cabeza unos 120 grados y miro el rostro de Dani por el rabillo del ojo. No parece estar de buen humor. Supongo que sé por qué, pero no quiero pensar en ello. Ahora solo quiero pensar en bajar estas escaleras.
Izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha…
Ahora hay que girar. Me lo dice la mano de Dani.
- Venga, por aquí.
Y camino hasta la cocina de la misma forma que bajaba las escaleras, pero sin la necesidad de equilibrar ningún desnivel, y un poco más lento.
Nos acercamos hasta una gran hoja de madera. La mano izquierda de Dani se adelanta a mi paso y la empuja, abriendo ante mi una sala con unos cuantos electrodomésticos, repisas, encimeras, y una mesa redonda con un mantel blanco cuadrado haciendo un curioso pero de sobra conocido efecto al colgar las esquinas. La mesa es lo suficientemente grande como para tener cinco sillas alrededor. En dos de ellas hay sentadas dos personas, una chica y un chico, ella de pelo negro y él rubio atigrado, que tienen mi edad. Los conozco. Ella estuvo saliendo con él un tiempo. Ahora ya no, pero se llevan muy bien, como uña y carne. Son un caso raro, quizás porque son buena gente. Al abrir la puerta, me miran estupefactos, como si hubiesen visto un fantasma, como si esperasen alguna reacción o simplemente estuviesen preocupados por algo
En dos de las tres posiciones de la mesa correspondientes a dos de las tres sillas vacías hay un desayuno preparado. Uno es un café con leche y galletas. El otro, el mío, tostadas, mermelada de melocotón y una manzana. Sé que es el mío porque esta gente sabe que me gustan las manzanas y las tostadas con mermelada de melocotón. Ya he dicho que son buena gente. Sonrío. Cuando me ven sonreír, esbozan una pequeña sonrisa nerviosa, una sonrisa insegura, como un pequeño éxito ensombrecido por la preocupación por algo más importante.
- Venga, Pablo, vamos a desayunar. El desayuno es la comida más importante del día.
Entro en la cocina dubitativamente y me siento. La verdad es que no quiero comer. Miro a la bandeja como si esperase que suceda algo, como por ejemplo que la manzana unte de mermelada las tostadas y se las coma. Sé que eso no va a suceder.
Me mira todo el mundo. Debería comer, porque les preocupa. sólo un poco. Realmente no tengo hambre. Cierro los ojos y suspiro.
Abro los ojos y me encuentro tumbado y la realidad. Acababa de soñar, recordar, o una mezcla de las dos cosas. Intentaré tomar una actitud positiva frente a mis progresos: era un recuerdo. La verdad es que ahora está bastante difuso, creo que salía Dani. Y unas escaleras. Y… no me acuerdo más.
- ¡Buenos días, chico de la caja!
Encima de la caja de cristal, que mide más de dos metros de alto, está tumbada, boca abajo, Matilda Keine, sonriente, naïve. Me levanto y me desperezo.
No sé por qué, pero a pesar de que no tengo hambre ahora mismo me comería unas tostadas con mermelada de melocotón.
20 – Cuatro gatos
-¡Ya hace tiempo que no nos vemos!
No sé como Matilda Keine ha llegado hasta ahí. Una chica tan enclenque como ella, trepando una caja lisa como el cristal del que está hecha, tan alta. Mis ojos, aún somnolientos, aún no se lo creen.
- ¿Matilda?
- Yo misma. ¡Oye! ¿No ha crecido un poco esto?
- Es una larga historia, pero, por desgracia, la desconozco.
- Aah… eh… ¿y como te va? ¿sigues sin poder salir?
- Eso parece. De hecho, empiezo a dudar. Dudar ya no sólo de si alguna vez saldré de aquí, sino de si lo merezco siquiera. Noto como si esto fuese alguna especie de castigo.
- ¿Por qué lo dices?
- Es un sentimiento que tengo. Una intuición.
- O sea, que en realidad no tienes ninguna razón para pensar eso…
Tiene razón. Es curioso, Matilda contradiciendo a la gente e incluso convenciéndola de su punto de vista, cuando siempre ha ocurrido lo más opuesto imaginable.
- Hmmm… ¡eh, Matilda! Te noto con otra actitud. Me gusta.
- Ya… es complicado.
- Yo no tengo prisa por irme a ninguna parte. O aunque la tuviese, no podría.
- Bueno, es que… tengo que cuidar de Gabriel. Quedamos muy pocos y hay que empezar a tomar consciencia.
- ¿Quedáis pocos? ¿Pocos qué?
- Poca gente. Antes vivía mucha gente por aquí. Ahora solo quedamos cuatro…
¿Cuatro qué? Gente imposible, estamos yo, Banhart, Gabriel, ella, Matilda Freire, Dani, el señor que me dijo mi nombre… eso como mínimo. Ya se escapa del conteo
-… y necesito hacer tiempo para asegurarme que las cosas acaban bien.
- No te acabo de entender.
- Ya te dije que era complicado.
- De todas formas, me parece genial que ahora tengas una personalidad más fuerte. No quiero decir que antes no la tuvieses, pero… bueno, lo cierto es que sí quiero decirlo. Pero es que es cierto.
- Lo sé. Cuando las cosas se ponen raras, la ingenuidad se convierte en entereza y desconfianza. Es lo natural, porque cuando empiezas a desconfiar, todo lo que te han dicho deja de tener validez. No te queda más remedio que empezar a usar tus propios sentidos para entender las cosas. En ese momento te das cuenta de que tu verdad vale más que la verdad de los demás, la verdad que te ha estado guiando por donde ha querido.
- Quizás debería aplicármelo a mi mismo.
Desde que sé que existo, me he comportado como un ingenuo. El propio Banhart me lo dijo, que no tengo acceso a más verdad que la que me cuentan. Para, acto seguido poner en duda sus propias palabras. De hecho, el nombre que me dio es falso; claro, que es imposible saber su nombre si nadie me lo dice (y dudo que alguien aparte de él lo sepa). Pero podría decirme que el cielo es azul, y me lo creería a pesar de que aquí no hay cielo. Y a lo mejor es cierto, pero no debo creer a un mentiroso.
- Me alegra que pienses así, Pablo. Es una buena señal.
- Lo es. A todo esto, veo que sabes mi nombre.
- Todo el mundo lo sabe.
- Y sabrás más cosas…
- Bueno, es posible. Pero ¿de qué serviría que te lo contase, si según lo que acabamos de hablar no deberías creerlo?
- Touché.
En el fondo, ella sabe que soy consciente de que simplemente me lo oculta.
- Matilda, ¿qué sabes de Pablo, el amigo de Gabriel? ¿Tiene algo que ver conmigo?
Matilda Keine hace una pausa, moviendo sus labios hacia un lado en una mueca pensativa y luego abriendolos para decir su respuesta:
- La respuesta es la misma que antes.
- ¿Tampoco me puedes contar esto?
Repite la mueca. Eso es un “sí” en toda regla. Es decir, Pablo y yo, Pablo, tenemos algo en común. Aparte del nombre, quiero decir.
- ¿Hay algo que me puedas contar?
- ¿Hay algo que quieras saber que no tenga que ver contigo?
No lo dijo en tono desagradable. De hecho, lo dijo en el tono más neutral posible. Pero no le hacía falta poner un tono borde para que la pregunta me dejase algo frío: las propias palabras parecían destilar un segundo significado.
- ¿Qué hay de ti?
- Bueno, yo soy una de las pocas personas que quedan. No hay mucho que saber de mí que no sepas ya.
- Pero apenas sé nada. ¿Conocías a la gente que está y ya no está? ¿Sabes qué les ha pasado?
- Bueno, aparte de León y Primo, ha muerto mucha gente. Todas mis amigas. La primera, Feli. Y de ahí una a una. Clara, la última, murió poco antes de que nos viésemos por primera vez.
- Vaya, lo siento.
- No te preocupes, tarde o temprano iba a pasar.
- ¿Y por qué murieron?
- Hasta aquí puedo leer.
Matilda salta de la caja de cristal con una agilidad gatuna, y se va caminando lentamente, mientras se despide agitando suave y grácilmente el costado de su mano.
Tengo que tener más tacto…
21 – La Caja De Cartón De La Dimensión Siete
Escucho a lo lejos el sonido de unos tacones. Sé exactamente quién se esconde encima de ellos: tras la salida de Matilda Keine, entra Matilda Freire, su vestido blanco y pelo rubio recogido. Pero de esta vez viene con algo nuevo. Una caja de cartón corrugado, con cinta de embalar en el centro, y una impresión de tinta roja que indica que su contenido se rompe con facilidad, amén de una flecha que sugiere una única posición para sujetarla. La caja medirá medio metro de lado de base, la cual es cuadrada. Sin embargo, apenas llega a los 10 centímetros de alto.
- ¡Hola! ¿cómo estás?
- Puedes llamarme por mi nombre, si quieres. ¿Sabes cual es?
- ¿Lo sabes tú?
- Pablo. ¿Comprobabas si era un farol, o lo sabías?
- Siempre lo supe. ¿Desde cuándo lo recuerdas?
- Me lo contaron el otro día.
- ¿Quién?
- Una sonrisa flotante.
- Esas cosas no existen…
- Entonces sería otra cosa. ¿Qué más sabes? ¿La razón de que esté aquí?
- ¿La sabes tú?
- ¿Tú?
- Yo sí. Responde ahora a mi pregunta.
- Yo no. Lo que sé es que es de mala educación exigir la respuesta a una pregunta cuando tú no has respondido a la primera pregunta que se te hace.
- ¿Y cual era?
- Que por qué estoy aquí.
- Porque alguien te ha metido ahí.
- ¿Quién?
- Eso no lo sé.
- ¿Es esto el castigo por algún crimen que haya cometido?
La mirada de Matilda Freire cambia. Toma un aire compasivo, melancólico, pero la forma en la que abre los ojos recuerda a la de un gato encerrado en una habitación, justo en el momento en el que alguien abre la puerta tras sus caprichosas súplicas. Aunque la puerta puede abrirse del todo, el gato saltará tan pronto sus bigotes le indiquen que puede escurrirse entre la abertura de la puerta, y tras un indoloro cabezazo, su flexible cuerpo atravesará una porción de umbral inverosímilmente pequeña en comparación con el animal.
- Pablo. Tú no has hecho nada malo. Créeme, por favor.
Esto es aliviador, pero deja dudas sueltas. Casi es como volver al principio. Me pauso un rato. Por esta vía no creo que consiga sacar más información, de momento. Poco a poco. Se suponía que nadie iba a decirme nada, y ya ves.
Cambio de tema.
- ¿Qué es esa caja?
La verdad es que me intriga mucho.
- Yo siempre cumplo las promesas que hago. Puede que me cueste conseguirlo, o puede que nunca lo consiga. Pero mientras parezca posible, lo intentaré. ¿Recuerdas lo que te dije? Yo no te fallaré.
- ¿Lo que hay en esa caja va a sacarme de aquí?
- No estoy segura. Lo cierto es que yo no puedo hacer nada por sacarte de tu caja de cristal. Sólo hay una persona capaz de sacarte de ahí: tú.
- ¿Entonces, qué hay en esa caja de cartón?
- En la caja estás tú.
- No entiendo lo que quieres decir.
- No tengas prisa por entenderlo. Todo llegará. Pero tienes que esforzarte por ello.
- Vale, pues ábrela.
- No quiero. No puedo.
- ¡HAZLO!
- Cálmate. No puedo abrirla porque la tienes que abrir tú.
- ¿Por qué?
- ¿Cuántas veces esa pregunta te ha traído respuestas desagradables? No me obligues a ser antipática contigo, porque no quiero. Lo mejor que puedo hacer es dejarte la caja aquí en el suelo, y esperar que las cosas salgan bien.
Mientras pronuncia esas palabras, se agacha y deja la caja pegada a la pared de cristal que tiene delante. Sea lo que sea que haga esa caja, puede ser mi billete de salida de este limbo, infierno, purgatorio, cárcel, castigo o lo que sea que sea esta dichosa caja de cristal. Está a menos de un metro de mi. Me agacho y me acerco. Apenas nos separan un par de centímetros – no, centímetro y medio como mucho. Ahí está. Veo las tapas. Dos en horizontal, sobre dos en vertical, ocultando el interior. Tan cerca, tan misteriosa, tan apetecible, y ni siquiera estoy seguro de lo que es. ¿Libros, documentos? ¿Nada? El sólo hecho de mirar a esa inalcanzable caja en el exterior de mi presidio me produce una extrema frustración que se traduce en un nudo en el pecho y una angustia que me lleva a poner la mano sobre el esternón y apretar bien fuerte. Mis ojos están como platos y noto como mi dientes se presionan entre sí.
- Matilda, espero que esto funcione.
- Yo también. Mañana me cuentas si ocurre algo. Ahora es muy tarde y debo irme a casa.
No aparto la mirada de la caja.
- Adiós.
Se va. Yo sigo mirando la caja. Ahora el mundo ha vuelto a cambiar. Al principio vivía en una agobiante caja de cristal que más bien podría ser un ataúd. Ahora hay dos cajas. Una grande donde estoy yo, y otra pequeña donde se supone que estoy yo también, al menos metafóricamente. En mi soledad entre visita y visita, no había nada que hacer sino dormir y lamentarse. Ahora tengo algo nuevo que hacer. Mirar la caja. Probablemente estén pasando horas, minutos, días, segundos, que yo sigo mirando a la caja porque ahora es el centro. Una pequeña caja de cartón de cincuenta por cincuenta por diez, que contiene, probablemente, todo lo que siempre he necesitado. Y al parecer, es suficientemente grande para contenerlo.
Estoy feliz y nervioso, pero también estresado y preocupado.
Miro a mi alrededor y veo, en la pared contraria al actual objeto de mi deseo, una mancha castaña. Es el desordenado pelo de Gabriel, sobre unas ropas negras que tapan su cara con los brazos, en su típica postura encogida.
- ¿Desde cuando estás ahí?
- No lo sé. Ni siquiera me había dado cuenta de que había llegado aquí.
22 – El zorro y los gallinas
- ¿No sabes cómo has llegado hasta aquí? ¿Cómo es eso posible?
- Bueno, no suelo prestar atención cuando estoy pensando en mis cosas. Son mucho más importantes que todo lo demás, los pasos que doy o donde me agazapo.
- Creo que no lo entiendes, porque no es así.
- ¿No lo es?
No me extraña oír a Gabriel hablar con un descarado tono irónico.
- No es exactamente así. Tú eres lo más importante para ti mismo, y lo demás… lo demás te afecta, por lo que también es importante. Para cuidar gallinas también hay que evitar que se las coma el zorro.
- ¿Y qué haces con el zorro?
- Enfrentarte a él. Matarlo.
- ¡Qué bestialidad!
- Pues el zorro se ha puesto las botas… mientras que tú te quedas sin comer.
- Pero aquí no hay zorro. Aquí no hay nada: este mundo está vacío…
Se equivoca. Hay un zorro. Si quiero hacer algo por mi mismo, tengo que matar al zorro. No puedo jugar con él.
- Bueno, Gabriel, si algo pasa alguien tiene la culpa. Ese es el zorro.
- Entonces el zorro soy yo… nada nuevo.
Me pregunto si en realidad todo esto ocurrió porque el zorro soy yo. Mi zorro, o el de otra persona. No importa. Con los recuerdos que tengo, yo no soy el zorro. Si luego recuerdo serlo, cambiaré mi parecer, pero de momento tengo muy claro quién es el zorro.
- No creo que seas tu zorro, Gabriel. Pero dejemos este tema, antes de que se convierta en una discusión sin argumentos, intermitente, rítmica y repetitiva. ¿Sabes algo de la caja?
- Ya sabes, que no podemos decir…
- ¡No! De esta caja no, de aquella de allí.
Señalo la caja de cartón en el otro lado de la caja. Gabriel gira su cabeza para mirarla.
- ¿Esa caja?
- Aquella de allí, sí. Matilda Freire – No sé si la conoces, pero no tiene nada que ver con la otra matilda – me la trajo, y creo que ahí está la clave para salir de la caja.
Me doy cuenta de que es la primera vez que veo la cara de Gabriel sin estar tapada por sus brazos. Algo en ella me resulta familiar.
- La clave para salir de la caja…
- Concretamente, dijo que en la caja de cartón estoy yo.
Se levanta y camina curiosamente hasta la caja de cartón. Yo le miro a la cara, intentando adivinar dónde o cuando la he visto…
…
No es posible…
¡No puede ser!
…
¿Que cuándo la he visto? Miles de veces. ¿Dónde? Pegada a la cabeza de otra persona. Pegada a la cabeza del zorro. ¿Gabriel y Banhart son hermanos? No… más aún: hermanos gemelos. Como mínimo.
Gabriel mira la caja con curiosidad, y acerca su brazo para abrirla.
- ¡Espera!
- ¿Eh?
- Matilda Freire dijo que tenía que abrirla yo. No la abras.
No me hace caso, agarra una de las dobleces mientras le digo que suelte la caja. Mientras coge la segunda, le grito. Una vez. Luego paro, porque parece que nada de lo que diga va a cambiar lo que va a suceder a continuación:
Gabriel mira el interior de la caja, abierta, fijamente, con los ojos abiertos como platos. Tras cinco segundos de silencio, esboza una sonrisa de complicidad, y devuelve las dobleces de cartón a su posición original.
- ¿Qué hay dentro?
- Ya lo verás.
- Pero no puedo tocar la caja desde aquí.
- Bueno, pues ya lo verás cuando puedas.
- ¿No me lo vas a decir?
- Estás tú.
Gabriel sonríe. Parece que la idea de salir de la caja le hace ilusión. Ha cambiado un poco su actitud. Me parece muy bien.
- Ojalá encuentres la forma de abrir esta caja.
Una tercera voz se oye a la conversación.
- ¡Eh, llorón, déjame ver esa caja!
El zorro. No quiero darle más introducción que esa, salvo que camina de una forma extraña, como si estuviese drogado, hasta donde están Gabriel y la caja de cartón, para asestarle un derechazo al primero, que cae sobre lo segundo, oyendose un crack. No hay duda, son exactamente iguales. Físicamente quiero decir.
Grito, muy fuerte, muy desesperado y furioso.
- ¡Cabronazo!
Levanta el brazo izquierdo hacia mi y una bala golpea la caja de cristal por dos de sus lados, sin darme a mi, pero haciendo que me caiga del susto y del miedo. Odio a este tipo.
Banhart agarra la cabeza de Gabriel, que está mareado, y lo tira hacia el lado.
- ¡Aparta, coño!
Abre la caja nerviosamente y mira su interior. Primero intrigado, y luego sorprendido, posiblemente al entender cómo funciona. Coge la caja y la levanta, para precipitarla violentamente sobre el suelo. Se oye un ruido como de cristal roto.
Luego le da un pisotón, produciendo otro ruido. Definitivamente, sea lo que sea que había en esa caja, está roto.
- Se creen muy listos al tratar de darte esto.
Yo estoy atacado de los nervios.
- Hijo de puta. Hijo de la gran puta. ¡Hijísimo de la grandísima puta!
- Cállate. Y mira esto. Si abres la caja, esto es lo que te va a pasar.
¡BANG! ¡BANG!
Sin pensárselo, ha disparado contra Gabriel, dos veces. Ha sido horrible. El primer disparo le ha entrado directamente desde el ojo derecho, y el segundo ha ido directamente al corazón.
De todas las muertes que recuerdo, esta ha sido la más impactante. Me quedo de piedra, agarrado a mis rodillas, mirando fijamente a la escena, que es lo único que se está moviendo: Banhart arrastra el cadáver mientras se aleja, dejando un rastro de sangre por el camino. Cuanto más se aleja, más agonía siento.
Me quedo durante bastante tiempo, quizás horas, o incluso días, en la misma posición, con la misma sangre y la misma caja de cartón espachurrada. Finalmente, mi necesidad biológica de descansar hace que me relaje y cierre los ojos. Me cuesta dormirme, durante un par de horas más, pero al final, involuntariamente, lo consigo.
Queda uno menos.
23 – Niño zumbido
La conversación se corta con un estruendo, que se origina en la parte de delante. Noto cómo el metal golpea contra el metal y el caucho se desgarra dejando escapar el aire. Un cristal se rompe y alguien pega un alarido. El miedo está ahora al volante y grita emitiendo un chirrido que tiñe los últimos metros de color negro, chocando contra un barrera de metal que se rompe y se dobla, incumpliendo su función y permitiéndonos el paso hacia el aire. En este momento me doy realmente cuenta de lo que está sucediendo, puesto que no he tenido demasiado tiempo antes para reaccionar. Mis ojos se abren más de lo que jamás los he abierto y mis oídos se turban al ver que más gente se une al alarido. Escucho un golpe en mi pecho, seguido de ciento más como ese inmediatamente. Es mi corazón, que está preparándolo todo para hacer lo que sea que deba hacer. No sé qué es eso que tengo que hacer, porque aún no tengo la suficiente sangre en mi cabeza para descubrirlo. Sólo sé que la caída son apenas unos metros y no logro decidirme si quiero que esos metros se acaben o no.
Este es el momento más largo de mi vida.
Miro hacia mi derecha. La persona con la que estaba hablando tiene en la mano un objeto rojo, pequeño, con una punta negra. Es un martillo para romper las ventanas. Hará falta usarlo, posiblemente, si queremos salir de aquí.
Por fin tocamos suelo. El impacto ha agitado mi cuello. Creo que estoy bien, aunque me duele mucho. Lo que me preocupa ahora es que mi cabeza, junto con mi dolorido cuello, están moviéndose frenéticamente hacia adelante en dirección al asiento que está delante del mío. Si me doy con la cabeza me quedaré aquí para siempre. Rápidamente adelanto mis brazos y pongo resistencia con mis manos, para impulsarme hacia atrás y frenar el golpe, que sigue ocurriendo pero menos violentamente.
Mientras tanto, el aparato sigue avanzando y girando, golpeándose contra una gran piedra que hay tras el terraplén. Algo explota atrás, posiblemente poniendo un final a los pasajeros que ocupaban esos sitios. Así que sólo quedamos nosotros dos, un pasajero delante y el conductor.
Me pongo de pie y veo la situación. Mi compañero parece estar un poco dolorido. Le pregunto si le pasa algo, y me responde que se ha golpeado los brazos y la cabeza. Observo el entorno. La parte de detrás se ha incendiado y efectivamente esa gente está muerta o morirá quemada o ahogada por el humo. El conductor está inconsciente y ni rastro de la chica que estaba cerca de la puerta delantera. Tampoco hay rastro de un trozo de la luna del vehículo.
- ¡Hay que salir! ¿Tienes el martillo?
Lo busca ansioso. Se le cayó, pero está en su asiento, así que lo encuentra rápidamente. Intenta golpear el cristal, pero apenas es capaz de mover los brazos. Lo intento yo, pero al poner las manos sobre el asiento durante la caída me he lastimado las muñecas y no puedo golpear con la suficiente fuerza. Una y otra vez lo intento pero apenas hago un par de rasguños.
El humo se acerca a nosotros y mi compañero tose. Tenemos que salir ya. Me pongo en la postura deportiva clásica, de medio lado encarando el cristal. Tengo que hacer esto bien. Un golpe, contundente, a poder ser donde golpeé antes con el martillo.
¡CRAS!
Mi pie atraviesa el cristal que se deshace fuera de la máquina, que parece tambalearse. Ahora hay que salir. De un salto, cada uno. Primero sale mi compañero, porque está al lado. De un salto. Luego yo, sin mirar donde caigo. En hierba, blandito, tierra. Está bien. Me alejo y busco a mi compañero. No ha caído bien. No es capaz de levantarse. Me acerco pero el autobús está cayéndose hacia el lado que saltamos. No puedo sino quedarme en mi sitio, o más lejos incluso, cerrar los ojos o abrirlos mucho, no sé lo que hago. Sólo siento horror, y lo siento en un momento que supera en duración al anterior. Parece que dura minutos o incluso horas, tiempo suficiente para tanto abrir o cerrar los ojos muchas veces, o incluso rescatar a alguien que no es un amigo de los de verdad, pero es un conocido con el que hay buen rollo. Aunque fuese un desconocido. Podría salvarlo. Podría, si no fuese porque el tiempo sólo es relativo en mi cabeza. Fuera de ella, es absoluto, y determinado por las cosas que se pueden hacer en un momento. Y en este momento solo puedo apartarme y ver.
Ver como cae.
Abro los ojos y me encuentro sudando y taquicárdico en un espacio negro, en una caja de cristal que ha crecido un poco más respecto a cómo era antes. Dentro de la caja de cristal estoy yo y, aún dentro, pegado a una pared, una caja de cartón magullada por los golpes que ha recibido.
Ha sido una experiencia desagradable, pero me ha dejado una sonrisa triste, de autocompasión, en la cara.
24 – El techo blanco
Me acerco lentamente a la dañada caja de cartón, gateando lenta y dubitativamente hacia ella. Tengo miedo a lo que hay dentro. Tengo miedo de que no me guste, o que esté roto y ya o funcione. El contenido de esa caja supone un punto de inflexión en mi existencia, sea lo que sea. En el fondo no quiero saberlo. Porque me da miedo. Porque quizás es más fácil pegarse a la pared y esperar a que ocurra otra cosa. Pero cada vez es más tarde, porque estoy más cerca… estoy casi al lado. Miro la caja, cerrada y estropeada, a mis pies. No me gusta esa caja, no debería estar aquí. Pero lo está, aunque no me fíe de ella.
Supongo que no tengo más opción que echarle huevos.
Me agacho. Me coloco sobre mis rodillas al lado de la caja. Antes de hacer nada más, levanto mi cabeza para coger aire. Todo el que pueda coger, y parece que nunca es suficiente. Me apropio del oxígeno que contiene y expulso una bocanada de un aire distinto, un aire sucio y venenoso, que mi propio cuerpo fabrica.
Cierro los ojos con fuerza y levanto una de las tapas, a ciegas. A continuación la otra. Noto como mi corazón palpita rápidamente, y con mucha fuerza.
Abro los ojos.
Ante mi aparece, descolocado por las roturas, el rostro de un hombre. Tiene el pelo castaño, a media melena, desaliñado. Algo de barba, también desaliñada, que ha estado creciendo a su aire durante algunos días. Los ojos parecen los ojos de un enfermo, pero están abiertos como platos, mirándome fijamente y analizando mi cara. Sé quien es este hombre. Con mucho más pelo y mucha más barba, se parece a León, la única persona que me ha querido ayudar a salir, salvo posiblemente Matilda Freire. Sin barba, el pelo menos desaliñado y la cara más desnutrida, es exactamente la viva imagen de Gabriel, un amigo del que fui amigo. Dejando la barba, pero más seria, y con el pelo corto, es Primo, el agresivo asesino. Igual que Primo, pero sin barba, es Banhart, el zorro, bipolar, cabronazo, psicótico, agresivo, filosófico, asesino descorazonado, drogadicto. Si hiciesemos una versión más delicada del rostro original, más arreglada, y femenina, la imagen sería la de Matilda Keine, la niña inocente que maduró. Pero la cara que estoy viendo, y que me mira fijamente, no es la de ninguna de esas personas.
La cara empieza a llorar y veo que una lágrima sale disparada hacia mi, chocando a medio camino con una lágrima que yo mismo acababa de soltar.
Es mi cara. Estoy mirando un espejo. Un espejo roto. Un espejo roto donde se ve mi cara nublada por las lagrimas, estropeada por las circunstancias, tras un fondo blanco, como un techo de yeso. Mi cara es exactamente igual al de casi todas las personas que conozco, sólo cambian los adornos superfluos.
Por supuesto, hay una razón para ello.
- Pablo…
Noto una mano en el hombro. Es una mano delicada, de una chica que se parece mucho a mi. Podría ser mi hermana, pero no lo es.
- Matilda… esta… esta es mi cara.
- Ya veo. ¿Qué opinas de ella?
- No tengo muy buen aspecto.
Al acabar esa frase suelto una pequeña risita nerviosa que contrasta ligeramente con mis ojos llorosos.
- Bueno, yo no te veo tan mal. Para haber estado aquí todo este tiempo. ¿Cuánto ha sido?
- Meses, o semanas. Pudo haber sido años, si contamos el tiempo antes de que despertase.
De repente me doy cuenta de una cosa. No hay paredes. Las paredes de cristal ya no están. Han desaparecido, porque estoy listo para marcharme, para marcharme de la caja de cristal. Porque, que no haya paredes no quiere decir que no haya caja. Sí que la hay: este mundo es una caja. Una caja negra. Y como tal, no deja ver lo que ocurre fuera, ni desde fuera se ve lo que ocurre dentro. Es un mundo completamente distinto a lo que cualquier persona sana llamaría realidad.
- Es mucho tiempo, Pablo. Estás listo para salir ya, ¿no es así?
- Sí. ¿Me ayudarás?
- Por supuesto.
- Y… ¿se te ocurre cómo?
- Mírate otra vez en el espejo.
Bajo la cabeza otra vez. Ahí está, ese hombre desarreglado, buscando algo, entre los trozos rotos de cristal.
- Este soy yo. Ya me he visto.
- ¿En qué se diferencia esa persona de ti?
- ¿En qué?
- Ese de ahí es Pablo. Y está tal cual lo ves: en pedazos rotos que forman un rostro entero. Para salir de la caja de cristal, lo que tienes que hacer es volver a juntar esos trozos .
- Juntar los trozos…
No creo que se refiera al espejo.
- ¿Te he contado por qué cambié?
- Porque quedaba poca gente.
- Es cierto, eso fue lo que te dije. De hecho, en el momento que cambié desapareció alguien. Alguien a quien no conociste. Una persona fuerte, con entereza.
- ¿Murió?
- Yo lo maté. Me lo dijo Bernard y simplemente lo hice, porque así era yo.
- Y ya no lo eres.
- En ese mismo instante. Bernard sabía perfectamente que eso iba a pasar, y por eso nunca me habría pedido que lo matase. Pero resulta que ese hombre que maté tenía a Bernard contra las cuerdas, y su única opción era que yo lo matase.
- No lo entiendo.
- ¿Te has fijado en que la personalidad de Bernard es un caos?
- Sí.
- En este mundo, cuando alguien muere, su personalidad se mezcla en su asesino. Bernard ha matado a mucha gente, por eso es así.
- Esto es muy extraño.
- Y tan extraño. Pero oye, llevas meses viviendo en una caja de cristal, encerrado como un perro. Todo ha sido extraño desde entonces.
Se supone que las cosas iban a tener más sentido.
- ¿Por qué Banhart mató a tanta gente?
- Bernard guarda un secreto. Un secreto que sólo él, y tú, sabéis. Nadie más lo sabe. Pero por culpa de ese secreto este mundo existe y tú acabaste encerrado en un ataúd de cristal. Luego empezó a matar a todo el mundo. Sólo quedamos tú, él, y de momento yo.
- Matilda Keine. ¿Quién eres?
- Soy la Ingenuidad de Pablo. Y, desde hace un tiempo, su Entereza.
25 – Morir es mi última voluntad
- ¿La Ingenuidad y la Entereza de Pablo?
- Del auténtico Pablo. De el Pablo del espejo. Esa soy yo.
No acabo de entender lo que Matilda Keine me trataba de decir. Se define a sí misma como una cualidad, y no de otra persona, sino de un reflejo de otra persona, que sólo existe cuando me miro en el espejo. Es una persona atrapada en un espejo roto en trozos de cristal, con bordes que cortan. Para ser alguien que se supone de gran entereza, es una definición demasiado alienante.
- Sigo sin entenderlo.
- Como ya te dije antes, el Pablo del espejo es un Pablo que está a trozos. Es un Pablo roto, en mil pedazos. Yo soy dos de esos pedazos, su ingenuidad y su entereza. Aunque la entereza resultó ser un pedazo más grande.
Matilda es mi ingenuidad y mi entereza. A eso se refiere con los trozos. Probablemente la gente que ya murió fuese otros trozos. Trozos de la imagen total que sería yo mismo. Ellos son parte de mi.
De repente noto que hace algo de frío. Corre el aire desde detrás de mi. Había olvidado que existe el aire, y sobre todo el viento. Pero ahí está. Entra por la ventana que hay detrás de mi. Porque detrás de mi hay una pared con una ventana, abierta. Al otro lado de la ventana hay luz.
Me acerco a la ventana. Fuera se ven algunos árboles. Edificios. El cielo está gris, pero iluminado. Hay un patio cerrado por una verja negra. Yo estoy a una altura de dos o tres pisos. Todo esto es nuevo, pero ya lo conozco. Sólo que no sé de qué. Cierro la ventana y noto que la corriente de aire desaparece. Por eso he cerrado la ventana: así es como funciona una ventana.
Vuelvo adonde estaba antes. Matilda Keine no se ha movido, pero me espera con una sonrisa.
- Pablo, quiero darte una cosa. La necesitarás para salir de aquí, para juntar los trozos.
Ahora está muy seria.
- ¿Qué es?
- Prefiero no decírtelo hasta que estés listo. ¿Puedes cerrar los ojos?
Pongo una cara de extrañeza, pero ella sigue insistiendo.
- Puedes confiar en mi. Cierra los ojos.
Cierro los ojos. Estoy nervioso, porque no sé qué me va a dar. Si esto fuese una mala película, ahora me daría un beso. ¡Qué tonterías digo! Lo que me va a dar no es un beso. Me va a dar algo en la mano. Coge mis manos y las adelanta un poco, y posa algo en ellas. A continuación me pide que lo agarre.
- Sujeta esto, pero aún no abras los ojos, por favor.
Agarro con fuerza. Luego sigue moviendo mis manos, colocando lo que sea que esté agarrando en una posición determinada. Es algo de madera barnizada.
- Ahora, ábrelos.
Abro los ojos. Lo que sujeto es, efectivamente, un trozo de madera. Un mango de algo. Está unido a una lámina de metal casi triangular, inclinada hacia arriba con un ángulo muy agudo. En realidad no es triangular, puesto que el lado más largo hace una curva hacia afuera. Estoy agarrando un cuchillo. Un cuchillo manchado de sangre seca. Matilda Keine está casi pegada a mi, con sus manos apoyadas en la parte roma del cuchillo. La parte cortante está suavemente apoyada entre sus pechos, ligeramente hacia su izquierda. No me gusta lo que estoy viendo. Me horroriza.
- ¡AH!
Suelo el cuchillo, que cae sin causar víctimas. Abro los brazos en un gesto de gran asombro, de susto y desconcierto.
- ¡Matilda! ¿Qué pretendes?
- Ayudarte a juntar los trozos.
- ¿Pretendes que te mate? ¿Que te asesine?
- Sí.
- ¿Estás loca? ¡Estás loca! N-no puedes pedirme algo así. Simplemente no puedo (ni quiero) matarte.
- Es lo que te toca. Quedamos tres. Tú, yo, y Bernard. Yo no soy nadie. Esto es una partida que sólo tiene dos finales posibles: o tú o él. Mi destino es ser matada por alguno de los dos. Quiero que ganes tú, Pablo. Por eso quiero que me mates con este cuchillo. Honestamente, no es algo que me agrade, pero es lo que hay que hacer y lo haré, te ayudaré a hacerlo.
- ¡No voy a hacerlo! ¡No quiero hacerte daño!
- Yo tampoco quería sufrir, pero este cuchillo es lo único que he podido encontrar. Por favor, Pablo. Si quieres que te ayude, si quieres vencer, matar al zorro, y poder salir de aquí, tienes que matarme.
- ¡Te he dicho que no! ¡Tiene que haber otra forma!
- No la hay. Si quieres ver más cosas aparte de las de la ventana, tienes que salir de este sitio. Y para eso sólo puedes quedar tú. O me matas, o me matará Bernard. Si me mata Bernard, lo tendrás mucho más difícil. No lo conseguirías. Por favor…
- ¡No voy a hacerlo!
Matilda Keine coge el cuchillo del suelo. Lo agarra por la hoja, por la parte roma, y me lo entrega.
- ¡No digas tonterías! ¡Actúa como un hombre, coño!
No quiero ese cuchillo. Voy a cogerlo y lo voy a lanzar bien lejos. Por la ventana. Me da igual si cae encima de algo, pero no quiero matar a Matilda Keine. Agarro el mango.
Matilda Keine grita.
- ¡Lo siento!
En ese mismo momento, Matilda Keine aprieta mi mano y tira de mi brazo hacia sí. La hoja le atraviesa el pecho. Noto como poco a poco va atravesando distintos tejidos, cada uno ofreciendo una resistencia distinta. Primero la piel, que se corta con facilidad. Luego noto que las costillas frenan un poco la hoja, que no llega a detenerse, y se descolocan además de cortarse. Luego carne, incluyendo un pulmón y el corazón, y otra vez huesos. El ultimo tramo de piel ni se nota. La hoja sigue avanzando con la inercia y la fuerza de Matilda, cortando el aire hasta que mi puño y los suyos golpean su cadáver, que cae hacia atrás, y se golpea contra el suelo.
Matilda Keine ha muerto, apuñalada por un cuchillo que agarraba con mi mano derecha.
Diríase que lo que acaba de ocurrir es increíble. Diríase que no tengo estómago para soportarlo, que no tengo fuerza para admitir que esto acaba de ocurrir y que ha sido por mi culpa. Diríase, pero ahora que tengo un poco de ingenuidad soy algo más crédulo. Estoy más abierto a la realidad. Y la fuerza que he heredado me permite no desmoronarme ante lo que acaba de suceder. Claro que, esto no quiere decir que no me sienta horriblemente mal. Camino un poco, alejándome de la escena de la carnicería. Me siento en el suelo, en la postura del indio, con las manos tapando mi nariz, la boca, y parte de los ojos. Bajo la cabeza y dejo que las lagrimas vayan cayendo.
Oigo como alguien da palmadas, como aplaudiendo a un ritmo sarcástico.
Sólo puede ser él, si se supone que quedamos él y yo.
26 – Crimen y castigo
- ¡Bravo, bravo! ¡Yo no lo habría hecho mejor! ¡Estás hecho un matón!
Definitivamente es él.
Me levanto y, sin mirarle a la cara, vuelvo a la escena del crimen, tambaleándome por el shock que es la realidad que he presenciado y protagonizado, la muerte de mi último clavo ardiendo al que podría agarrarme, que se supone es mi mejor arma. Yo no noto nada distinto, salvo que estoy destrozado, aunque no tanto como ella.
- ¡Sí, corre hacia tu cuchillo, eso te servirá de mucho!
Sigo intentando forzar mis piernas hasta el cadáver de Matilda Keine. A su lado me espera el cuchillo con el que la matamos, ella y yo, recubierto de sangre, aún brillante. Me desplomo a su lado como si hubiese tenido un pequeño bajón de tensión sanguínea, a pesar de que mi corazón nunca había latido tan fuerte, y me quedo tumbado. Lo agarro y lo miro. Este es el cuchillo con el que maté a la ingenuidad y a la entereza de Pablo… que se supone que ahora son mías.
Ahora sí miro atrás, para ver la cara de ese malnacido.
La visión me resulta familiar. Yo tumbado en el suelo y tras aparecer él, un enorme cañón de pistola apuntándome. Claro que antes no era él el que lo empuñaba… y estaba más cerca. Su cara parece la cara de un muerto, o de un loco. La mandíbula le baila y tiene unas ojeras enormes, que parece que no ha dormido en varios días. Tiene un tic en el cuello y el hombro, y tiembla. Su brazo izquierdo sufre espasmos, como si le estuviesen dando descargas eléctricas.
- Estás tumbado, y tu arma es un cuchillo. ¿Cómo exactamente planeas hacer algo contra un hombre armado con una pistola? Lanzarlo sería dármelo, así que no tienes escapatoria.
- Eres un cobarde.
- Yo no soy un cobarde. Sólo me aseguro la victoria. Quiero matarte, ¿sabes?
- Oh, excelente. ¿Y qué ganas con ello?
- ¿Aún no te das cuenta de que sólo quedamos tú y yo?
- Por supuesto…
Por supuesto que quedamos él y yo. Tras la muerte de todos los demás. ¿Matilda Freire, Daniel, el señor de Chesire? Ellos no cuentan. Porque ellos no son actores de esta farsa. Me he dado cuenta, de que ellos pertenecen a otra visión distinta de la realidad. En este sitio sólo quedamos él y yo.
- … pero eso no responde a mi pregunta.
- Yo sólo quiero lo que todo el mundo: vivir. Y dentro de la caja de cristal, vivir es sólo un engaño. La vida está fuera, y sólo uno puede salir. Me da igual cómo sean las cosas allí afuera.
- Eres un inconsciente…
- ¿A diferencia de ti?
Sé por qué ha dicho eso.
- Exacto.
- ¡Ja! Veo que estás empezando a abrir los ojos.
Ya entiendo quien soy. No soy Pablo. Pablo somos y fuimos todos. Además de muchos otros: su ingenuidad, su entereza, su agresividad, su tristeza, su bondad…
… su consciencia…
- Empiezo a ver las cosas. Eso es lo que soy.
- Entonces veo que llego justo a tiempo. Si hubiese tardado más, no habría tenido posibilidad de matarte.
- Ya sé lo que soy yo, pero me falta por saber… ¿Quién eres tú?
- Soy tanto que ya no soy nada.
- ¿Quién eras, antes de toda esta carnicería?
- …
- ¿Que te pasó tras lo del autobús?
- …
- ¿Por qué te afectó tanto la muerte de…?
- ¡BASTA! ¡BASTA, CAPULLO! ¡NO LE TOQUES LOS HUEVOS A ALGUIEN QUE LLEVA UNA PUTA PISTOLA EN LA MANO Y TE APUNTA!
- ¿Por qué no quieres decirme quién eres? ¿Hay algo que te remuerda la conciencia?
- ¡Grr!
- ¿Tienes remordimientos?
- ¡Cállate!
- Eres la culpa de Pablo, ¿verdad?
La Culpa de Pablo resopla con ira. Se veía venir. Nadie como él habría podido convertirse en alguien importante aquí. Alguien a quien temer, alguien que tuviese alguna misión fija y absurda como es matar a todos, y de último a la consciencia. Para heredar el nivel más alto, Pablo en sí mismo. Desde el punto de vista del pobre Pablo, es un suicidio moral. Totalmente voluntario. Pero el punto de vista de Pablo soy yo, y aquí es una guerra entre dos bandos: vivir vivo y vivir muerto. Esto es lo que ocurre.
Me pongo de pie. Su brazo se levanta para seguir apuntándome. Tengo el cuchillo en la mano, pero conservo la calma.
- Pablo, no te voy a negar nada, porque los dos sabemos que ahora sólo puedes saber la verdad, cada vez mejor. Soy la Culpa de Pablo. Y hago lo que debo.
- ¿Por qué?
- ¡Por nuestra culpa ha muerto un amigo!
- ¡Ni siquiera era tan amigo!
- ¡Pero le apreciábamos! No era especial, pero era un ser humano que estaba a nuestro lado.
- Como tantos otros que siguen sin merecer la pena. No había nada que hacer, no podíamos salvarlo. Intentarlo habría significado morir nosotros también.
- ¡Pero…
- Nos odiaste a todos por lo ocurrido, pero deberías pensar que asesinar es peor que no poder evitar lo inevitable.
- No os odie, sólo quiero cambiar las cosas.
- Pero estás a punto de asesinar a alguien.
Afina su puntería.
- ¡A ti!
- No. A Pablo. Al Pablo del espejo, al Pablo que quieres heredar.
- Pablo seguirá viviendo.
- ¿Cómo? ¿Abrazado a sus rodillas, en una esquina, apartado sin comer hasta que se muera?
- Como debe ser.
- ¿Por qué? ¡Eres un terco! Pablo no se merece esto. No nos merecemos esto.
- Pablo apenas ha sufrido desde que todo esto empezó.
- No ha sufrido, porque no ha sentido nada, probablemente.
- ¿Cómo iba a sentir nada, si su consciencia estaba enjaulada en una pequeñísima caja de cristal, inconsciente?
- ¿Tú me metiste ahí, Culpa?
- Yo te metí ahí.
En estos momentos sé que no estaré más lúcido en este mundo que como estoy ahora. Y ya no sé que pensar de Pablo. En cierto modo, él es el causante de toda mi desgracia, incluso de mi propia existencia separada del resto. Al fin y al cabo es su culpa. Pero la culpa se acalla con soluciones. Perdonaré a Pablo si consigo salir de esta. El problema es que para el problema de la Culpa no existe remedio. Porque tampoco hay un error. Simplemente…
- Simplemente ocurrió.
- ¿Qué?
- Simplemente ocurrió. Podríamos habernos quedado en el autobús y quizás hubiésemos muerto igual… o no. No lo sabemos. Podríamos haber saltado mejor fuera del autobús para no tumbarlo, pero no había forma de saberlo. Algunas cosas simplemente ocurren, y no hay razón para convertirlo en un martirio. Simplemente hay que soltar cuatro lágrimas, aceptarlo e intentar seguir. No suicidarse, ni física ni moralmente.
La culpa llora.
- No… no he podido evitarlo, me sentía presionado. Me dolía la cabeza, no podía pensar en ello y tenía que dejar de ver la escena una y otra vez en mi cabeza, analizando los puntos en los que cometí errores que llevaron a mi salvación y a la muerte de otro. No quise cometer esos errores. Yo… yo…
- ¿Podrías contestarme a una pregunta sencilla?
- ¿Cual?
- ¿Te habrías sentido mejor si los dos hubiésemos muerto?
Se hace una pausa. Abre los ojos incluso más de lo que ya los tenía. Está vacío, con la boca entreabierta por la gravedad y el brazo izquierdo medio caído. Su brazo derecho, el que tiene la mano derecha la cual agarra la pistola, tiembla cada vez más. No está bien. Ni siquiera es capaz de responder a lo que yo he llamado pregunta sencilla. Y, ¿lo era? Lo cierto es que, bajo mi punto de vista, lo era. No habríamos tenido menos culpa si hubiésemos muerto. Los castigos no eximen la culpa. No funciona así. Cuando alguien comete un error, puede recibir un castigo. Pero de hecho, los castigos se diseñaron para crear culpa cuando no la hay. La culpa es la peor prisión en la que un hombre puede vivir, por eso la gente capaz de sentir culpa no suele hacer las cosas que se la generan. El resto de la gente, por ejemplo, va a la cárcel. La cárcel es un sustituto de la culpa.
Los castigos son sustitutos de la culpa. La premisa es que si haces cosas malas te sentirás mal. Si no sientes culpa, te castigaré para que sufras.
Pero aquí no hay crimen. Sólo errores humanos. Nadie es perfecto.
No merecemos la culpa.
La Culpa de Pablo pone rápidamente el cañón de su pistola sobre su frente mientras sonríe.
- No merecéis la culpa.
Corro hacia él rápidamente.
- ¡No! ¡Así no!
Le agarro la mano y le quito la pistola.
- No merecemos esta culpa, pero te necesitamos igual. Vente conmigo.
Le doy un fuerte derechazo y lo tumbo en el suelo. Está inconsciente. Le pongo el cuchillo sobre la frente. Cierro los ojos y me dispongo a apuñalarlo. con fuerza, de un golpe firme y certero. Levanto la hoja… la vuelvo a bajar para asegurarme que no me desvío… la vuelvo a levantar… y… ¡YA!
Noto como la hoja se va clavando.
Un fuerte dolor en la cabeza, como una descarga eléctrica, me sacude. Noto que caigo y me doy contra una pared y contra el suelo. Estoy desmayado.
27 – Niño Otoño
Nada. El vacío más inmenso que alguien pueda imaginar. No hay tiempo para pensar en nada, símplemente quiero estar tumbado y olvidarme de mi existencia… no, de mi existencia y la de todo lo demás. De la existencia del pasado.
Aunque me cueste mi futuro.
Ya ni sé por qué. Es buena señal… todo… todo ha dejado de importar. Quizás suene cínico y, ¡qué demonios!, lo es. Pero como acabo de decir, no importa.
Nada importa.
Oigo un sonido.
- ¿Pablo Ekkertsson?
- Aquí…
No fui yo quien respondió. Es alguien que me lleva a algún sitio. Siempre es él el que me lleva a sitios, yo apenas me muevo. Si por mi fuera me quedaría aquí sentado, pero algo me levanta. No quiero, pero tampoco opongo resistencia… mentira. A quién voy a engañar. Soy un peso muerto, es difícil ponerme en pie. Aunque peso poco. Pero no estoy ayudando. Estoy complicando las cosas.
Soy un imbécil.
Estoy complicando las cosas. Esta persona me lleva a sitios y no sé ni donde estoy. Ni quién es. Ni cómo es su cara, ni su voz, ni su nombre ni nada…
- Entiendo… ¿Pablo? ¡Eh! ¿Me oyes?
Ni quién me llamó antes. Tampoco sé nada.
- Ya le dije que…
- Sí, sólo quería comprobarlo, y ver si hacía lo mismo con gente que no conoce.
- Ya veo.
Ni quiero saberlo, en realidad.
No quiero saber nada porque nada importa. Y aquí es donde entra un tema delicado. Un tema que nadie nunca quiere abordar, que nadie quiere que ocurra, pero a veces ocurre. Suicidio. Llega un momento en la vida de algunos hombres (y algunas mujeres) en el que se puede considerar lícito valorar si uno debe vivir o no, aunque sea sin respuesta a priori.
Pues bien.
- Aún es pronto para hacer ningún diagnóstico fiable, pero…
Es un buen momento para hacerse la pregunta.
- aunque nunca había visto un caso tan exagerado…
¿Merece la pena seguir viviendo o no?
- creo que lo que le pasa a Pablo puede ser un caso de…
¿Acaso importa?
Podría salir corriendo, buscar un sitio lo suficientemente alto y saltar. O agarrar algo que corte y hacerme algo. ¿Y qué ganaría? Nada. ¿Qué perdería? Todo. Pero todo es nada. No hay nada en este mundo, nada que me importe.
El problema no es mi vida, es mi existencia.
- ¿Puede mejorarse?
- Bueno, primero habría que asegurarse de qué le pasa.
¿Habrá forma de eliminar la existencia sin matarse?
- … veremos cómo reacciona a distintos estímulos …
Me gustaría poder tumbarme en un sitio cómodo. Con un techo negro, paredes negras. No quiero poder distinguir las esquinas. Sería como un cielo sin estrellas, ni luna, ni nada. No me vería ni a mi mismo. No vería nada. Porque no habría nada.
- Podríamos estar hablando de semanas, meses o incluso años, hay que ser pacientes.
Y además estaría atado o algo, para asegurarme de que no pueda moverme. Porque no quiero moverme. Eso sería existir.
No merezco existir.
Y como todo el mundo, sólo quiero lo que me merezco.
Ni más.
Ni menos.
- Firma aquí … y aquí … gracias.
Es lo justo. Me parece honesto.
- Puedes venir a verlo cuando quieras.
No sabría decirlo con claridad, pero sería uno de los pocos actos honestos que recuerde.
Noto algo que me aprieta los brazos contra los costados. No me hace daño. Es cálido. No sé qué es.
Oigo un sonido, una voz. Me da igual lo que dice. Algo me intenta levantar otra vez, y otra vez no colaboro.
Maldito capullo, ¡coopera por una vez en tu vida, leñe!
Soy un desastre hasta para que me obliguen a caminar. Y el camino no es corto…
No sé si quien es esta persona que me lleva ni adónde voy.
Es como siempre.
Ni siquiera estoy seguro de si es la persona de siempre
- Pablo Ekkertsson… aquí. Me dijeron que no eras muy hablador… Bueno… no sé si me estás escuchando, pero en cualquier caso, para cualquier cosa, avísame, ¿OK?
Si ahora muriese, ¿qué pasaría con mi cuerpo? Acabaría en un ataúd.
¿Y con mi mente?
- con agua caliente, siempre que quieras, aunque no llega a calentar demasiado, por seguridad. Y… bueno, la ya la habrás visto al llegar, supongo.
Acabaría en un ataúd, también. ¿Por qué no?
- … pero te sacaremos todos los días para que te airees, y para ver qué tal te va y tal. Espera aquí…
Me tumbo. Lo único que quiero hacer es dormir.
¿Y si no despertase?
Sería como morir.
Abro los ojos. Estoy en mi habitación. La luz entra por la ventana, iluminando las sosas pero coquetas paredes blancas y el techo, que también es blanco. Al parecer es verano, no lo tengo claro. Ya me enteraré de la fecha, antes tengo cosas más importantes que hacer.
Me levanto de la cama con decisión.
Hoy es un día importante.
28 – La caja de yeso de la dimensión cero
Y tan importante.
Hoy es el día en el que dejo de mentir.
Dejo de fingir. Se acabó la farsa.
Dejo de imaginar que nada ocurre más allá de las paredes de mi propia existencia. Existencia, que a pesar de ser todo lo que he querido ver, he ignorado, detestado y adiestrado para dormir. A causa de la culpa. Quizá no haya tenido que ver con lo del autobús. Quizá venía de antes. Ese mundo imaginario, negro, donde estoy atrapado sin saber nada, no parece diferenciarse mucho de lo que solía ser mi vida. Aquel accidente sólo fue la gota que colmó el vaso. Ahí la Culpa decidió que hasta aquí habíamos llegado e intentó asesinarme de la peor de las formas.
Porque supongo que el vacío en el que me encontraba antes podía ser en parte culpa mía. En realidad la mayor parte de lo que le ocurre a cualquier persona es culpa de esa persona, merecido o no. Voluntario o no. No siempre hacemos lo correcto, aunque no lo sepamos.
Por eso ha muerto un amigo en el autobús. Por eso mi vida era un vacío.
Por eso decidí que mi Culpa debía asesinarme.
Pero al final he sobrevivido, y eso es lo que cuenta. He salido de ese mundo oscuro donde no se nada y he aparecido en este mundo blanco, donde lo sé todo. Aquí he estado todo el tiempo, haciendo mi obra de teatro. Metiendo al público entre los personajes, exagerando los diálogos, usando atrezzo. Director, actor, y sobre todo apuntador de mi pequeña obra, donde el espectáculo continuaba sin tener en cuenta lo que ocurría. Como una especie de cinismo o altanería, porque decidí considerar esta realidad mejor que la otra. No voy a meterme en metafísica barata: esta realidad es mejor. Porque es LA realidad. El resto son mentiras. Esto es la verdad.
¿Y cuál es la verdad?
Hospital psiquiátrico de El Niño. Habitación 441. Trastorno de identidad disociativa… amnesia disociativa… trastorno de despersonalización… y el cuadro sigue. Es bastante largo.
Soy un maldito loco. Encerrado como un animal. Que es lo que soy. Aunque quizás sean sólo palabras huecas.
O cabezas huecas, como el sonido de los zapatos que oigo. Son zapatos de mujer, con algo de talón, pero no se le podría llamar tacón.
Sé perfectamente quien es.
Una de las pocas personas que he visto en muchos meses, y a la que nisiquiera le he prestado atención. La he visto tanto, que no he tenido más remedio que convertirla en parte de la obra. Como una más. Es mi médico. La doctora Matilda Freire. Me ha ayudado mucho. Ha estado todos estos meses ayudandome a salir de este trance por las buenas. Y ahora viene a recoger los frutos.
Entra por la puerta. Giro mi cabeza hacia ella. Este simple gesto la detiene en sorpresa. Me siento fatal por eso. He sido muy grosero con ella, pero… en fin.
- Buenos días, doctora.
- ¿Pablo?
- Pablo Ekkertsson, su paciente.
- ¿Qué?… ¿Qué ha pasado? ¿Has recuperado las ganas de…
- No es algo que haya recuperado. Es algo que he perdido. Las ganas de ignorar. Las ganas ignorarlo todo.
- Esto es increíble. ¿Cómo ha ocurrido?
- Bueno, realmente no sé qué sabe usted de la dimensión siete.
- Puedes tratarme de tú, Pablo, nos conocemos desde hace meses.
- Ya lo sé. Te trataré de tú, perdón.
- En cuanto a la dimensión siete… Te refieres a ese mundo imaginario tuyo donde manifiestas tus sentimientos, ¿verdad?
- Eso mismo.
- Sólo sé lo que he podido deducir de tus murmullos y tus frases desordenadas. ¿Qué necesito saber?
- Han muerto todos. Y al morir todos, se han convertido en parte de mí. He reconstruido el puzzle, y ahora soy yo la pieza central. Pero sobre todo he colocado la pieza de la Culpa donde corresponde. Esto ha sido lo más importante. La culpa es una prisión, y he conseguido salir de ella.
- Estoy orgullosa de ti, Pablo.
- Eh, Matilda, quiero hacerte una pregunta. Es importante.
- ¿De qué se trata?
- Ya estoy curado. Me siento bien, con ganas de ver el sol.
- ¿Quieres saber cuándo podrás salir?
- Sí.
- Dime, Pablo. Durante un año has desconectado del mundo. Te has negado a escuchar a tus amigos…
Daniel… Daniel me odia.
- … y te has negado a escucharme a mí. No has hecho nada. Salvo hablar solo y cortarte los dedos con cuchillos. Te has golpeado contra los muros, has gritado, has matado a gente en tu imaginación, y esa gente eres tú. Ahora te levantas y me pides el sol. Dime, Pablo… y quiero que la respuesta que me des sea totalmente sincera. De ella no depende mi decisión. Sólo quiero saber cuál es tu opinión, porque si dices que la culpa es una prisión, esto en cierto modo es una prisión para culpables. Y mi pregunta es si tú eres culpable. Mi pregunta es, ¿crees que mereces seguir aquí, encerrado?
~FIN~
Dejar un comentario
Aún no hay comentarios.

